viernes, 17 de septiembre de 2021

Alfonso Sastre (In Memoriam)



Alfonso Sastre



No le tocó una época sencilla. Tampoco un país fácil. Claro que ninguna época ni ningún país lo son en realidad. En todo caso, le correspondió la adversidad de vivir bajo un régimen autoritario después de haber sido testigo en su niñez de una guerra y, ya en la adolescencia, de una primera posguerra bastante cruda, por decirlo de un modo suave, lo que desde luego determina a cualquiera. Las circunstancias, sin lugar a dudas, forman parte de nuestra identidad personal, y en el caso de Alfonso Sastre le condujeron a ser crítico con su tiempo y su país. No optó, por otro lado, por lo cómodo, no siguió el consenso ni asumió los valores hegemónicos, mucho menos los impuestos con calzador, intentó como tantos otros vivir una vida plena, en busca de una armonía y una coherencia que no se suelen encontrar con facilidad a la vuelta de la esquina. Otra cosa es lo que cada cual opine de determinadas opciones sociales o políticas que él adoptó, o si se debe juzgar al autor por ellas, pero esto ya es otro tema en el que no podemos ni queremos entrar.

Fue en los años cuarenta cuando comenzó a escribir. Se decantó por el teatro, aunque su narrativa y su poesía no son en absoluto desdeñables. Pero lo que le atraía fue la dramaturgia, claro que al margen de un teatro complaciente o superficial. La guerra, la española y la mundial, inmediata (aunque puede que hablemos en realidad de una misma guerra), planteó una serie de preguntas sobre la naturaleza humana a las que Alfonso Sastre no fue ajeno. Era una época de existencialismo y estética tremendista, de crítica política que en España, además, adquirió otros tintes. 

En 1945 formó el Grupo Arte Nuevo, junto a Alfonso Paso, José Franco o José María de Quinto, entre otros. Escribió con Medardo Fraile, un autor fundamental en el género de la narrativa breve, las piezas «Ha sonado la muerte» y «Comedia Sonámbula». Las posiciones sociales de Sastre se afianzaran en aquel momento y participó en la redacción del Manifiesto del Teatro de Agitación Social (1950) y del Manifiesto del Grupo de Teatro Realista (1960). Entretanto, sufrió la censura, una de sus primeras obras de teatro, «Escuadra hacia la muerte», se prohibió nada más estrenarse. En 1966 acaba en prisión y escribe una de sus piezas más conocidas, «La taberna fantástica», que no se representaría hasta 1985. Bertolt Brecht o Jean-Paul Sartre influyeron en su obra, al tiempo que se sintió heredero de Valle-Inclán y adaptó también obras de Ibsen y Strindberg, entre otros autores extranjeros.

Su obra es amplia y de calidad. En 1993 ganó el Premio Nacional de Literatura en su modalidad de literatura dramática. Sin duda, ha muerto uno de los escritores más importantes que aportó bastante luz a la cultura española, forma parte a todas luces de nuestra identidad cultural colectiva y así se lo reconocemos, como no puede ser de otra manera.

viernes, 10 de septiembre de 2021

Julio Cortázar (Juan A. Herdi)




Vaya por delante que me resulta difícil separar a Julio Cortázar de mi propia biografía lectora. Antes había leído a otros autores, sí, pero a todas luces mi gran entrada a la literatura fue a través de sus relatos breves, una entrada por la puerta grande. Algo me indicó entonces que su prosa rompía esquemas y miradas, en aquel momento no supe concretarlo, hubo sin duda mucho de intuición, al fin y al cabo cuando me dejaron uno de sus libros, fue «Las armas secretas» el primer libro de Julio Cortázar que leí, hubiera podido ser cualquier otro, no tenía una gran experiencia lectora, tampoco de vida, por edad era imposible, por tanto no pudo haber una reflexión o teorización literaria en aquella primera lectura, pero sí que hubo toda una revelación, intuí que algo se removía tras o con sus relatos y de pronto descubrí la literatura como algo importante y esencial para la vida, desde luego no una mera afición, sino algo más, tal vez una forma de contemplar la realidad o de recrear la existencia por medio de las palabras, algo que después estuvo siempre ahí, esa forma tan libre de leer y comprender que aportaba la obra de Cortázar. Ahora no me cabe ninguna duda de que la intuición es la mejor manera de afrontar la lectura. Quizá también la vida, mejor nos iría a todos si fuéramos más intuitivos, si no insistiéramos en limitarnos a esquemas tan estrechos y tan ajenos a nosotros mismos. O por decirlo de un modo tal vez más tópico, a encontrar nuestro lugar, a lo que la literatura contribuye bastante.

A no pocos lectores de varias generaciones les pasó lo mismo, estoy seguro. No se puede escapar a la fascinación de los cronopios o de las mancupias, de los manuales de instrucción para los gestos más cotidianos, ni de los conejos que no salen de las chisteras, sino de nuestro cuerpo para mordisquear lo cotidiano. Quiero creer que va por aquí el asunto, por ese cuestionamiento de la cotidianidad, por esa invitación a mirar el otro lado de todas las cosas, no ya sólo de los espejos, lo que conlleva asumir lo fantástico como una parte más de la realidad, inseparables ambos. Intentaban entonces imponernos, cuando comencé a leer sus libros, una visión racional de la vida. Ahora es mucho peor, me temo que hay además mucho más pobreza lingüística y cultural, mucha más banalización generalizada. A través de sus textos, por el contrario, tanto de sus relatos como de sus novelas, Julio Cortázar nos invitaba a que no hiciéramos caso a lo evidente. Es un mensaje que perdura todavía, que le demos una y mil vueltas a la realidad, en un juego infinito que convierta lo real aparente en real profundo, juego que no nos empodera de nada, qué verbo más horroroso, empoderar, sino que nos emancipa de fórmulas lingüísticas que nos oculta la vida hasta la oxidación. Ojalá le hiciéramos más caso, cabe incluso que hoy nos resulte mucho más necesario aceptar el reto que nos lanzó, nos lanza, este autor en cada uno de sus textos.

Pero además Julio Cortázar es un escritor exigente, su estilo parte de un rigor lingüístico que reclama también lectores atentos, escapando, eso sí, de lo más formal y academicista (en el peor sentido de la palabra), pero quien no lo haya leído aún no debe iniciarse en su obra con ese respeto que pudiera desprenderse de la palabra exigencia, en absoluto, hay en su prosa un fuerte componente de reto y de juego, un buen escritor sabe siempre combinar varias claves. Por eso tal vez sea bueno descubrirlo de joven, para luego volver a leerlo una y otra vez, convirtiéndose en uno de esos escritores que te acompañan siempre y que te sigue dando claves a medida que uno madura, tanto en lo literario como en la vida. Pero nunca es tarde para llegar a él. Y es fundamental para quien quiera avanzar en las lides de la escritura, toda una lección de estilo.

Julio Cortázar publicó en un momento de descubrimiento cultural latinoamericano en Europa y Estado Unidos. Incluso en España, que comparte idioma con América Latina, supuso un reencuentro formidable. A muchos nos cautivó su manera de escribir, esa magnífica combinación en su escritura. Fue además un puente entre escritores de las dos orillas, un introductor magnífico de los autores latinoamericanos en este lado, él que siempre se reclamó sobre todo latinoamericano, que hacía gala de una identidad común entre todos los países americanos, no contra nadie, sino como aportación a la cultura común de la humanidad. Además tradujo a no pocos autores, por ejemplo a Edgard Allan Poe, sus obras completas, que le encargó el escritor español Francisco Ayala, asilado primero en Argentina y luego en Puerto Rico, o a Daniel Defoe, a G. K. Chesterton o a Marguerite Yourcenar, entre otros.  

Podemos hablar mucho más de este autor argentino afincado en Europa, de su actitud ante la vida, valiente y coherente, independiente y crítico, de su correspondencia amplia y esclarecedora, de sus entrevistas, siempre aparecía en ellas pausado y con la humildad de quien convirtió la escritura en un bello oficio. Pero es su obra la mejor aportación, sus cuentos literarios y sus novelas, todos ellos artefactos construidos con la paciencia de un artesano de las palabras. 


sábado, 4 de septiembre de 2021

Reflexiones de una ondjundju-Estados Unidos de América y Dios-Juliana Mbengono



ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA Y DIOS: LAS DISTRACCIONES DE LOS OPRIMIDOS


“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1Juan. 4:8). “Jehová es varón de guerra, Jehová es su nombre” (Éxodo 15:3).

“La política y la religión son dos temas que debemos evitar si queremos resultar ganadores en un certamen literario”. Recuerdo haber leído ese consejo en alguna web. No es que la religión y la política sean temas inadecuados sobre los que escribir, el caso es que entre los miembros del jurado puede haber un fanático o un detractor de lo que queramos criticar o defender. Esto no es para un certamen, pero tampoco sé qué piensa usted de la política o de la religión. Le pido disculpas anticipadas por si llego a resultar desagradable en algún párrafo.

Empezando por el Dios cristiano de la guerra y del amor que no cambia ni con el paso de los milenios y promete una vida mejor a sus siervos, veo que algunas de sus exigencias en el Antiguo Testamento se asemejan a las prácticas de los talibanes en lo que se refiere a violar los derechos humanos: aprobar la esclavitud humana, apedreamientos públicos, sumisión de la mujer ante el hombre y este último sólo ante Dios. En el nuevo testamento encontramos pecados como la fornicación y la idolatría en la misma lista que el homicidio. Sin embargo, todo buen cristiano sabe que al paraíso solo irán quienes viven de acuerdo a las normas del Todopoderoso.

La violencia aprobada y apoyada por Dios en el Antiguo Testamento se justifica con que era un castigo contra quienes infringían sus normas o los pueblos que vivían de manera inmoral, como Sodoma y Gomorra. Si un cristiano hiciese una interpretación estricta de esas normas, ¿no acabaría siendo un talibán cristiano? 

Algunos predicadores ya me dijeron que el Antiguo Testamento pasó de moda con el bautizo de Cristo, por eso ahora podemos comer jamón sin remordimiento; pero esos mismos predicadores no ven con buenos ojos que un “hermano” se haga un tatuaje y dejarían morir a su hijo de anemia porque su conciencia cristiana no les permite aceptar transfusiones sanguíneas. De la homosexualidad no diré nada, es condenada en el libro de los Levíticos con la pena de muerte. 

Grupos extremistas como los talibanes también podrían surgir del cristianismo. El peligro es la religión en general. En vez de hacer algo por mejorar el presente, esperamos la intervención de Dios y la intervención de este Dios para nuestro bien depende de que hayamos cumplido sus reglas de vida. 

La religión es un peligro para las naciones, sobre todo para países como el mío donde las iglesias son las más numerosas después de los bares y las bibliotecas y centros culturales se cuentan con los dedos de una mano. Prohibir la religión sería otra violación de los derechos humanos, pero, creo que, por lo menos, se podría prohibir el adoctrinamiento religioso de los menores de edad, ya que son muy vulnerables.

Desde los soldados que abandonan un país que no es el suyo, pasando por el presidente que huye dejando a la población abandonada en manos de unos asesinos hasta los miles de afganos que están siendo acogidos en diferentes países; podemos sacar mil conclusiones, ensayos, novelas, etc. Y todos conocemos a los personajes malos, despreciables, inhumanos, retrógrados, salvajes o, como lo diría un niño de Malabo, el “asesino duro” de esta cruda realidad: el grupo talibán. Ahora bien, ¿quién es el bueno o, como lo diría un niño de Malabo, el “actor” en esta ocasión? 

Mientras yo escribía estas líneas en un país etiquetado como una de las peores dictaduras a nivel internacional y mientras usted las lee desde cualquier punto del mundo, miles y miles de personas están temiendo por su vida y la de sus seres queridos en Afganistán. Sabemos que los talibanes fueron ahuyentados por los Estados Unidos de América y han retomado el poder tras la marcha de los militares de este país. El resto de la historia será de dominio público de aquí a cincuenta años o más, o menos... quizás. Mientras tanto, miles de personas seguirán viviendo con pánico.

Los personajes de Marvel y otros superhéroes muy populares, siempre estadounidenses, han contribuido a idealizar a los Estados Unidos de América como la “salvación mundial”. Estoy hablando de personajes de ficción, pero también sé que durante las guerras mundiales el cine y la televisión eran instrumentos para jugar con la moral de la gente y esto no ha cambiado mucho. No me extraña que mucha gente piense que solo los Estados Unidos pueden resolver la crisis de Afganistán. Desgraciadamente, al igual que el Dios de la guerra y del amor, esto es una gran distracción; pues, mientras se espera de ellos, se siguen perdiendo vidas y no intervendrán sin obtener algún beneficio a cambio.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

De cómo poner una pica en marte-Pedro de Andrés



De cómo poner una pica en Marte


Por Pedro de Andrés


No hace mucho, entré a curiosear en una de las pocas librerías que nos van quedando en la ciudad. Como es habitual, antes de nada, me fui en busca de las novedades de ciencia ficción y fantasía antes de darme una vuelta por las demás secciones. En el lugar que ocupaba en mis anteriores visitas, cada vez más menguante, se alzaba una estantería repleta de novela negra que había expandido sus dominios. Pensé que se había extendido la táctica de los supermercados, esa en los que desorientar a los clientes aumenta las ventas cuando se ven obligados a revisar cuatro pasillos en busca de la lata de berberechos y, de paso, llenar el carro con algunas ofertas en las que no había pensado al salir de casa. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que se había esfumado y una sospecha molesta comenzó a zumbarme detrás de la oreja. Retrocedí hasta el lugar que ocupan los libros destinados a los más jóvenes. Y allí estaban los ejemplares que quedaban, tratando de agarrarse como fuera a las lianas de los cuentos de ratoncitos o a las ramas de sagas que, injustamente, se han etiquetado en los últimos tiempos como literatura juvenil. Como si existiera algo así.


Me resultó chocante la estigmatización, con todos los respetos, a quienes adquieren el hábito de la lectura desde la juventud. Me niego a dar por sentado que no deseen dejarse llevar por la investigación de una detective nórdica, atrapar por la intensidad sentimental de una novela romántica o sumergirse en otra época a través de las páginas de una histórica, por mencionar tan sólo algunos de los géneros más en boga. De la poesía o el teatro, mejor ni hablamos.


Más sangrante aún. Puedes preguntar a cualquier adulto si ha leído a Julio Verne, a George Orwell o a Ray Bradbury, si ha oído alguna vez hablar de Isaac Asimov o de Carl Sagan, o si a la hora del café en el trabajo no ha comentado el último capítulo que ha visto de Juego de tronos. La gran mayoría te dirá que sí, que Viaje al centro de la tierra es la caña, que 1984 está más vigente hoy en día que nunca o que, como no nos andemos con cuidado, volverán a quemar libros sin ir muy lejos. Y aceptarán sin ningún pudor que esperan con ansia el estreno de la segunda temporada de El brujo, aunque dirán The witcher con acento más o menos logrado sin saber, probablemente, que está basado en las novelas de Andrzej Sapkowski ni que El cuento de la criada lo escribió Margaret Atwood, nominada al Nobel de Literatura y que ganó, entre otros muchos, el Príncipe de Asturias de las Letras en 2008. El término distopía está de moda y es bueno que sea así, sólo hay que ser un poco más coherentes y no desdeñar un género literario, el del sentido de la maravilla, que ha dado a luz algunas de las más grandes obras de la Literatura universal.


Si las grandes productoras audiovisuales están apostando por las sagas de la fantasía (El señor de los anillos, La rueda del tiempo, etc), por novelas espectaculares de ciencia ficción (Altered carbon) y hasta por los relatos de Philip K. Dick (Electric dreams), por algo será, ¿no?


Lo más recomendable es la variación en el género, enriquece la experiencia de forma exponencial, sin etiquetas de edad (Hijo, ¿todavía lees novelas de fantasía? Mira que ya eres mayorcito…) y sin acotar los géneros (Poned estos ejemplares en Juvenil, pero alejad de sus manos la novela negra que fijo que no les gusta). Que cada cual elija sus lecturas. 


Más de una vez me han preguntado por qué no me dedico a escribir novelas históricas o thrillers, que tendría mucho más éxito. Puede que sí, puede que no, pero no voy a renunciar al placer de convertirme en hacedor de mundos nuevos o de plantear preguntas sobre hipotéticos futuros que nos hagan reflexionar sobre los grandes temas de la actualidad.


Entiendo que hoy en día la venta de libros es cada vez más ardua, que hay que acomodarse a las modas o a lo que las editoriales y distribuidoras pagan por un hueco en la sección de novedades. Que lo que hoy es lo más de lo más en los vagones del metro, mañana es un obsoleto libro polvoriento en un almacén. Una carga. Vender libros es un negocio y hay que sobrevivir.


La Literatura es otra cosa.


sábado, 28 de agosto de 2021

Francisco Umbral-Juan A. Herdi



Es tremendo el olvido. Sobre todo para quien ha pergeñado la realidad hasta en sus rincones más recónditos, como un cronista furtivo, fino observador, sardónico y mordaz, y la ha mostrado con agudeza, una pluma perspicaz, irónica, tierna e hiriente a la vez. Quien quiera conocer al detalle los años del franquismo y de la transición, los entresijos de la vida literaria, cualquier cosa que sea esto de la vida literaria, o de la movida madrileña o de las trastiendas político-sociales de ese tiempo, incluso más allá, hasta finales del siglo XX, ha de acercarse por fuerza a los libros de Francisco Umbral, a sus crónicas, a sus ficciones. Nadie como él supo desarrollar ese costumbrismo de nuevo cuño al que Unamuno denominó infrahistoria y que fue más allá de la mera descripción de hábitos y tópico, pero además mostró bien a las claras lo que ocurría en este país, en sus calles, en sus cafés, en sus mentideros y cenáculos. Fue Umbral el exponente más brillante de la infrahistoria de un país que estaba cambiando a pasos acelerados. Por eso es tremendo el olvido. Tremendo e injusto. Porque está desterrando a no poco escritores que merecen admiración y reconocimiento.

Ana Caballé, profesora universitaria especializada en biografías y biógrafa ella misma, le dedicó a principios de este siglo un estudio: «Francisco Umbral. El frío de una vida». Pero ha sido un documental, «Anatomía de un dandy», de Charley Arnaiz y Alberto Ortega, presentado el año pasado en el Festival de Cine de Valladolid, el último intento de que no caiga por completo en el olvido el, para mí, mejor cronista de su tiempo, y parece que ha devuelto a este autor, al menos por unos meses, a la actualidad, al recuerdo.

Sin apenas formación académica, pero con el propósito claro de convertirse en escritor, se acercó a la prensa. Publicó sus primeras columnas periodísticas en la década de los cincuenta en El Cisne, una revista universitaria vinculada al SEU, obligada la vinculación de la época al falangismo orgánico, aunque sólo fuese de un modo muy indirecto y, para muchos, sin quererlo. A Miguel Delibes le llamó la atención su estilo, su talento, y en 1958 le atrajo a El Norte de Castilla, diario que él dirigía en aquel momento. Desde entonces les unió una estrecha amistad. Tres años después, convencido de que era en Madrid donde debía estar para encaminar su carrera de escritor, se trasladó a la capital como corresponsal del periódico. Fue un tiempo de pensiones y no poca precariedad, sin duda, pero también el de su entrada en el Café Gijón, apadrinado nada menos que por José García Nieto y Camilo José Cela. Cuenta parte de aquella vida en Madrid en su libro «La noche que llegué al Café Gijón».

A partir de allí asistió a los acontecimientos de los últimos lustros de la dictadura. Comenzó a publicar sus primeros libros. Cuando llegó la transición, se había convertido ya en un cronista reconocido, con un estilo muy particular, controvertido, astuto, ocurrente y sagaz, una mirada aguda de la realidad y de la vida, que no siempre le resultó fácil, pero en la que, como él mismo parece indicar con el título de uno de sus libros de memoria, uno de sus últimos libros, «Días felices en Argüelles», no estuvo exenta de felicidad, la felicidad que sin duda da haber cumplido con la vocación de toda una vida.

Su obra es muy extensa. De lectura obligada, no me cabe la menor duda, para todo lector que quiera conocer por curiosidad, por placer o por interés profesional –periodistas, historiadores– aquellos años tan importantes en España, de los que tanto hablamos, muchas veces sin conocer los detalles, de un modo por desgracia tan estereotipado. Pero sobre todo para quien goce de la buena escritura. Porque es su dominio del lenguaje lo que más destaca hoy en un escritor y cronista que supo darle importancia a las palabras, con una prosa que fue desbordante y ágil. Merece la pena recuperarlo del olvido sólo por su estilo, pero además vale la pena por su contenido.

A todo esto, murió Francisco Umbral en 2007, un 28 de agosto.