viernes, 9 de abril de 2021

Maud Lewis (el cuento) Por Eleine Etxarte



Maud Lewis, el cuento




Había una vez… una niña que nació en un marzo soleado.

Su lejano y verde país se llamaba Canadá.

Sus padres la bautizaron con el nombre Maud.

Creció muy hermosa y aplicada.

Durante algún tiempo fue una más entre toda la gente que formaba su núcleo familiar y su comunidad.


Su madre, Agnes, pintaba, esculpía y tocaba varios instrumentos. Pronto Maud adquirió todos estos conocimientos y desde muy pequeña comenzó a tocar piezas de música y pintar acuarelas llenas de luz y color a modo de postales.


Un buen día, mientras tocaba al piano una de las piezas favoritas de su madre, Maud sintió un inmenso dolor en las manos. Se preocupó, notó que le resultaba difícil hacer música. Sus dedos, de repente, se habían vuelto rígidos, torpes. Cada movimiento de sus manos iba acompañado de un intenso dolor.


Ese día fue el comienzo del cambio en la vida de esta hermosa niña y lo peor de todo, ella tuvo la certeza de que su mundo ya nunca volvería a ser lo que era.


Sus padres consultaron con médicos y especialistas. Ellos le dijeron que su enfermedad tenía un nombre, Artritis reumatoide.



-¡Que desgraciada soy! -Se decía Maud, atemorizada.


Tuvo que abandonar sus estudios y eso no fue lo más dramático para una joven con talento. Había más de uno que consideraba que en la deformación de su cuerpo tenía algo que ver su inteligencia. Muchos la cuestionaron pero ella no se dejó atrapar por la enfermedad.


-¡Nadie me quiere y todos se burlan de mí!


Los insultos y las humillaciones comenzaron a ser constantes, tanto en la familia como en la escuela.


Maud había pasado de ser una promesa a ser una gran carga para todos.



Pero el destino aún tenía reservado para Maud situaciones más dolorosas.

A los 33 años quedó huérfana y su hermano no quiso hacerse cargo de ella.


Pronto se tuvo que ir a vivir con su tía Digby que siempre la trató como si fuese una sombra, sin apoyo, sin afecto.


-¡No acierto a comprender cómo esta criatura pude ser de mi familia! Exclamaba su tía, cada dos por tres.


Mientras tanto Maud se deformaba, la enfermedad la reducía. El dolor de su cuerpo era inmenso, como su soledad.

Su tía Digby cometería uno de los actos más atroces contra su sobrina y contra cualquier mujer.


-¡Eres fea y estas torcida!


-¿Para qué sirves tú?


-Nadie te querrá.


Para entonces Maud había dado a luz, pero no llego a ver a su única hija. Nada más nacer la vendieron. Ella no lo supo hasta muchos años después.

 

-No te quejes tanto, no llores. Tu bebe ha nacido deforme como tú y no ha sobrevivido.


Fue entonces cuando Maud, al límite de su sufrimiento, decidió independizarse, tomar las riendas de su vida.


Así nació su enigmática sonrisa, una mueca feliz que fue la expresión de su actitud ante la vida.


Abandonó la casa de su tía y se presentó en la cabaña de un pescador, respondiendo a un anuncio de trabajo.


Everett necesitaba una señora para la limpieza con residencia incluida.


-¡Cielos santo!


-¿Qué eres tú? pregunto el pescador al abrir la puerta de su cabaña.


El comienzo de su nueva vida no fue fácil, la rudeza del pescador golpeó a Maud en muchas ocasiones, pero ella comenzó a pintar de nuevo.

Primero con sus dedos, sobre todo lo que podía pintar en aquella casita reducida y gris.

Con el tiempo Everett sintió la magia del color y el misterio que acompañaba a aquella diminuta mujer que todo lo transformaba en luz.


-¡Creo que te compraré unos pinceles!


Y así fue como Maud conquistó su espacio vital en aquella casita que llenó de todo el color que ella no tenía en su vida real.

Pintó gatos, paisajes con mar, árboles, nieve, ciervos. Pintó las paredes, las puertas los armarios, la estufa. Sacó sus cuadros a la puerta de su casa y comenzó a venderlos. Su fama corrió como el viento, incluso llegó a un presidente que le hizo un encargo.


Everett se casó con ella, se enamoró de aquella rosa que brotó sin un porqué, inconsciente de su belleza.


También conquistó el corazón de muchos canadienses que reconocieron en ella un estilo brillante en su simplicidad y esa clase de generación espontánea del creador que a muchos fascina, incluida a mí.


-¡Fijaos, fijaos en aquella mujer tan pequeña!¡Es la más hermosa de todas!

 

lunes, 5 de abril de 2021

Reflexiones de una ondjundju-En la luna hay una mujer-Juliana Mbengono



EN LA LUNA HAY UNA MUJER


Algunas cosas nos producen una gran sensación de paz, felicidad y tranquilidad con solo verlas. Por lo general, se trata de las personas a las que amamos, nuestras mascotas, los coches, las casas, las ropas o los zapatos. En mi lista de las maravillas que me transmiten paz, me hacen sonreír sin darme cuenta cuando las veo, en primer lugar, está mi hermanita Giselita que ya no es tan pequeña (hace siete años que dejó de gatear y unos seis desde que no permite que la mimemos) en segundo o tercer lugar, no lo tengo claro, pero en algún puesto muy cerca de Gisela están: el claro de luna y mi árbol de cacao.

Sé que la naturaleza nos habla; por ejemplo, mi árbol de cacao me dijo que la felicidad es una decisión y que podemos resurgir de una manera más hermosa y viva después de un golpe o un fracaso. Todos sabemos que los árboles no hablan, pero el mío sí. Se estaba poniendo tan grande y sus ramas tan gruesas y largas que empezaron a dañar el techo de la casa. Le di un machete a mi hermano menor y el, como jardinero malo, casi mata a mi arbolito de cacao cortando todas las ramas con frutos y hojas.

Al final me dio mucha pena y me dolió, pero después de unos meses, el árbol empezó a hacer algo que nunca había hecho, pero que hacían otros árboles de cacao: le crecieron ramas desde abajo y en sentido vertical, estas no dañan el techo de la casa, no son muy gruesas y tienen las hojas más verdes. ahora puedo volver a escribir poesía por las noches mientras, sobre mi estera de hojas secas, contemplo a la luna. Y no necesito una lámpara de queroseno porque el claro de luna me permite ver a las arañas que salen de sus agujeros. He visto arboles de mango secarse y morirse después de haber sido podados, el mío no está al pie de un rio, pero casi siempre está verde y guapo, incluso cuando se le caen muchas hojas. Donde este árbol está creciendo solito ahora, hubo otros veinte o treinta retoños de cacao y todos se marchitaron. He intentado plantar otras cosas ahí, pero siempre acaban muriéndose. Y cuando por poco matamos al cacao con un machete, se aferró a la vida y ahora vuelve a dar frutos y tener hojas verdes y todos lo mimamos más, tanto, que mis hermanos y primos han grabado sus nombres en el tronco del cacao.

Mi árbol es feliz a pesar de vivir en las peores condiciones que puede vivir un árbol en la ciudad de Malabo: apretujado entre dos casas, lejos de otros árboles y en un pedazo de tierra en el que ha visto a muchos otros de su especie marchitarse.

Un amigo y su novia me dijeron que, para los mexicanos, en la luna hay un conejo; y en efecto, quien quiera mirarlo en google, se encontrará con imágenes que reflejan una mancha en forma de conejo en la luna ¡interesante! Yo siempre veo a una mujer con un bebé en la espalda y por contemplar tanto a la madre que la luna se tragó, me di cuenta de que las noches no estrelladas también son muy hermosas, en ellas se disfruta del claro de luna sin distracciones.

De pequeña, me acostumbrara a trabajar, leer o dibujar hasta muy tarde. La tía Mercedes ya me había susurrado que la casa no se barre de noche, pero no me dio un porqué; que no se cocina de noche ni los platos se friegan de noche y tampoco me dio una razón (ahora que tenemos luz eléctrica y no dependemos de la lámpara de queroseno ni del claro de luna, incluso la tía Mercedes trabaja a las doce de la madrugada). Ahora sé que la razón era la posibilidad de que a la mañana siguiente descubriera que el trabajo estaba mal hecho por haberlo realizado con muy poca luz.

El caso es que, para intentar convencerme, la tía nos contó la historia de la mujer a la que la luna se tragó (esta historia estará disponible en el siguiente número de la revista Nevando en la Guinea y en el blog ppoppomango) y, aunque ya sé que esto es imposible y fue una mentira, yo sigo viendo a la mujer sentada con su bebé en la espalda.

Con esto, quiero concluir que nosotros decidimos quienes ser y qué hacer a pesar de las circunstancias que nos regala la lotería de la vida. Hace poco, mucha gente perdió la vida y otros quedaron heridos y sin hogar tras unas explosiones en la armería de un cuartel militar. La solidaridad llegó muy temprano, pero algunos se abstuvieron porque siempre les han enseñado que el país es corrupto y nada se puede hacer de la manera justa en Guinea Ecuatorial.

Ahora que se trata de ayudar a otros, algunos ponen su odio a los corruptos por delante. Porque se ha dicho que todas las donaciones serán distribuidas por un comité. Sus ganas de no beneficiar a los ladrones y corruptos sigue siendo tan fuerte que no pueden arriesgarse a enviar un par de zapatos a los afectados… porque no saben quién se los quedará al final.

He de admitir que las víctimas tampoco han recibido la atención que se merecían. Yo me esperaba que esos niños, que ahora son huérfanos y tienen alguna o varias extremidades mutiladas, recibirían alguna ayuda vitalicia del gobierno… pero no, se convocó a los afectados y se les entregó colchones para dormir y un fajo de dinero para cada persona. Pero estoy serena, porque sé que, con muchas lágrimas y esfuerzo, quien se lo proponga, resurgirá de esta tragedia.

jueves, 1 de abril de 2021

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)



Fernanda Melchor

Páradais

Penguin Random House, 2021


Franco y Polo se conocen, se reúnen a beber y a dar rienda suelta a sus fantasías. Son colegas circunstanciales, amigos de mera conveniencia, comparten un espacio como bichos raros que son, cada uno en un lado de la escala social, en un rincón de México donde quedan patentes las diferencias sociales. Franco es un adolescente de familia bien, pero no cumple con los estereotipos de su clase, tampoco parece importarle. Vive obsesionado por su vecina, madre de familia, desde luego mayor que él, de vida despreocupada y muy atractiva, mientras que Polo, por su parte, es el último empleado en la zona residencial con el irónico nombre que da título a la novela y en la que vive su colega, pero a diferencia de él es de familia pobre, habita un barrio donde domina la violencia y persigue sueños de independencia, de pretendida distancia de esa realidad que le agobia y desespera, aunque eso le supusiera vivir al margen de la ley. 

Éste es el argumento de la novela, donde se describe una serie de encuentros y desencuentros que darán pie a un desenlace funesto y absurdo a la vez. A partir de aquí, Fernanda Melchor nos va desgranando una realidad social dominada por la violencia, por vidas frustradas y ansias siempre malogradas, vidas en las que parece imprescindible el recurso de los paraísos artificiales, vía alcohol o fantaseos enfermizos, para poder soportar el peso de los días. La autora nos retrata un lugar concreto, un mundo desasosegante que explica en gran medida el desarrollo de los acontecimientos, sin justificarlos ni tampoco juzgándolos, tal vez porque todo resulta muy evidente y quizá sólo sean necesarios los hechos desnudos para confrontarnos con el horror.

Todo ello, además, se narra en un estilo que ya de por sí cautiva al lector, una prosa magma que no deja resquicios, que consigue mostrar la realidad a trazos gordos, puro impresionismo narrativo. Hay que poseer, desde luego, un buen dominio del lenguaje y ser una narradora brillante para escribir así. Porque se trata a todas luces de una novela atractiva no sólo por la historia que cuenta, sino también por una escritura que no deja indiferente, que envuelve al lector, para contemplar hasta el más mínimo detalle del relato. No hay duda de que Fernanda Melchor es uno de los nombres destacados de una nueva generación de autores mexicanos y que no puede pasar desapercibida, una propuesta osada a la vez que lograda, y que a todas luces impresiona y cautiva.

domingo, 28 de marzo de 2021

Un nuevo ensayo interesante



Rosalía ha revolucionado el panorama musical moviendo Roma con Santiago. Que escritores como Jorge Carrión o Agustín Fernández Mallo participen en un ensayo que sale a la luz estos días da buena fe de ello y es, además, toda una sorpresa por el hecho de afrontar el estilo tan flamenco de esta cantante. La reivindicación que lleva a cabo Fernández Mallo en contra del reproche de apropiacionismo del que se acusa injustamente a Rosalía nos lleva a intuir que este ensayo viene caliente y dará que hablar a más de un purista ortodoxo, o no, del flamenco más tradicional. Rosalía se ha convertido en toda una revelación para los aficionados no sólo del flamenco, sino de la buena música o simplemente de la música, que guste o no, mueve masas. No podemos obviar que parte de la juventud sigue con devoción esta mezcla de reggaeton y flamenco con impronta electrónica y coreografías atractivas y deslumbrantes. 


He leído algunas declaraciones en entrevistas a Fernández Mallo y dice que no le interesa Rosalía como fan, sino en un plano teórico y creativo, y con relación al apropiacionismo recuerda a algunos puristas que Rosalía introduce en su flamenco-pop reminiscencias gitanas personalísimas y ancestrales vinculadas al flamenco más ortodoxo. En el ensayo se plantea, y con razón, qué ocurriría si Rosalía fuese un hombre. Y destaca influencias recientes que se han formulado en sentido parecido que respecto a Rosalía. Por ejemplo, trabajos recientes de El Niño de Elche y su buena acogida ante el público menos purista del flamenco, como también el exitazo de Enrique Morente con Lagartija Nick. Y yo a esto debo añadir que las hermanas Morente, tanto Soleá, como Estrella, han introducido en el flamenco estilos como la música electrónica o la fusión entre grupos, como Fuel Fandango y otros, en el disco de Estrella relativo a su décimo quinto aniversario.


Agustín Fernández Mallo destaca por su brillantez y originalidad como escritor e impulsor de las más novedosas vanguardias. Después de haber leído Limbo y de haber leído la trilogía Nocilla, como también el ensayo Postpoesía, debo decir que es un escritor con potencial, y por qué no decirlo, por romper una lanza a favor de Rosalía. En Agustín es destacable su compromiso apropiacionista, ya que también se le criticó por ello en su escritura. 


 Debo decir y admitir que escribir sobre alguien del mundo del espectáculo de masas es un caramelo, aunque se deba ser crítico. Se trata de un ensayo que recopila escritos de varios autores, se titula La Rosalía. Ensayos sobre el buen querer. La editorial es Errata Naturae y la edición corre a cargo de Jorge Carrión, otro gran escritor y crítico literario que dirige esta edición que promete cumplir con las expectativas. Sin duda, estamos ante un ensayo que el lunes, día 29 de marzo, da su pistoletazo de salida. 


Sobre Rosalía se ha escrito mucho y se escribirá. Se ha convertido en una estrella del pop; y por su mezcla reggaetonera y flamenca se ha vuelto toda una estrella mundial. Es por todos sabido de que la relación de Rosalía y el flamenco es una relación recíproca donde las haya y sus discos dan fe de un nuevo flamenco, lejos de apropiacionismos u otras cosas de las que la puedan acusar. El aporte de Rosalía al flamenco no se restringe tan sólo a un disco, el producido por Raül Refree y que fue su primer disco. Es sin duda un buen flamenco urdido entre los entresijos del arte por antonomasia más auténtico y puro que tenemos en España. Pero dejémonos de purismos y otras martingalas, el flamenco es como la poesía, de acero inoxidable. De momento, si acaba el tema de la pandemia estaría bien ver algún concierto y deleitarse. Ya vendrán tiempos mejores, tanto para el arte flamenco, como para los escenarios. Volverán los conciertos y las ferias del libro, de este modo se venderán discos y libros, y mejor si los compramos en las pequeñas librerías y en las tiendas de discos de toda la vida. 

martes, 23 de marzo de 2021

Reflexiones de una ondjundju-La felicidad está en lo incondicional-Juliana Mbengono



LA FELICIDAD ESTÁ EN LO INCONDICIONAL


Yo no soy una artista de la palabra, ni mucho menos una pensadora profunda y elocuente; pero me atrevo a hablar porque siento que me hace feliz, me lean dos, tres o nadie. Y, precisamente por eso, sólo puedo contar lo que veo, siento, vivo y creo; ni estudios ni grandes reflexiones.

Veo que por todas partes hay alguien diciéndole a otros “sé la mejor versión de ti”, “aprende a venderte”, “querer es poder”, “eres tu mejor producto”, “puedes lograr todo lo que te propongas” y con esta última yo siempre salgo pitando, no quiero comprar ilusiones si el vendedor no es Sócrates.

Hace unas semanas, el primer ministro dijo ante cuatro mil personas que los ecuatoguineanos deberíamos pensar en ser barrenderos, lavar coches o dedicarnos a profesiones artesanales porque estamos perdiendo el tiempo licenciándonos y sacándonos doctorados en Derecho o Ciencias políticas. Política aparte, toca ser incondicional; estudiar porque sí, por mí, por hacer algo útil que me agrade con mi vida en vez de soportar una carrera esperando una recompensa o un reconocimiento. Sólo así, después de escuchar al ministro decir que el gobierno no valora ni valorará nuestros esfuerzos, no sufriremos una desilusión ni sentiremos que hemos perdido tiempo, dinero y fuerzas peleando por nada.

Siento que tanto esfuerzo por ser excelentes no hace más que mantener vivo y fuerte el sentimiento de fracaso o mediocridad. Salir a correr cada mañana para estar más delgada o delgado y no porque se disfruta del proceso, leer a Dale Carnegie para influir en la gente y hacer amigos. Así nos decimos constantemente que no somos delgados ni tenemos amigos. Lo peor es que incluso nos olvidamos de nosotros mismos, sacrificamos nuestros gustos y prioridades para amoldarnos a lo que creemos que le agradará a la gente.

Los motivadores nos invitan a ser competitivos “con nosotros mismos” y con eso no hacen más que empujarnos a crear un pozo sin fondo, porque así nunca nos sentiremos a gusto con nosotros. Siempre creeremos que podemos volar cuando nuestra anatomía no está diseñada para volar, nos olvidaremos de los valores cívicos y nos avergonzaremos de nuestros familiares porque no están a la altura de la imagen que queremos dar de nosotros como el “mejor producto”. 

Para la gente como yo, muy pocas cosas son tan placenteras como salir a correr o a pasear por las mañanas escuchando música; o tumbarse bajo un árbol de mango por las tardes observando como la luna, sin pelear, vuelve a brillar tras el paso de las nubes negras, ella es feliz así. No necesita llamar la atención de día y de noche, ni siquiera tiene luz propia, pero la observamos y nos extasiamos. Hacer las cosas porque nos hacen felices es una forma muy sencilla de vivir felices. Dar amor porque queremos compartirlo, como cuánto mimamos al gato de la casa después de pasarse todo el día en la casa del vecino.

Vivo rodeada de gente que podría decirte cómo ser el más exitoso porque se han leído todos los libros de motivación; sin embargo, todavía no han alcanzado el éxito. Personas que anuncian todos sus trabajos con tambores y nkú1. Lo único que admiro de esos “líderes sociales” es su esfuerzo por ser reconocidos, “por dejar una huella en la historia” aunque su existencia no sea real ni feliz.

Creo que la felicidad está en lo incondicional. Esperar reconocimiento, cambio, etc. no hará más que provocarnos ataques de tensión, infartos, depresión, y mucho más. Antes que ser la mejor versión de nosotros mismos o el mejor producto que tengamos, tendríamos que aprender a ser felices con nosotros mismos, rodearnos de personas que nos aman y, sin olvidarnos de cosas tan básicas como el respeto y la higiene, aceptarnos y aceptar a los demás. Creo que sólo así descubriremos en qué parte está nuestro brillo, en qué destacamos y quizás no tendríamos que explotarlo para impresionar a otros o demostrarles que son menos afortunados. No. Podemos ser excelentes y limitar nuestra excelencia a lo que nos hace felices, a nuestro círculo íntimo. Creo que eso hizo a Frida Kahlo ser Frida Kahlo.


1-  Nkú: instrumento de percusión. Consiste en un tronco ahuecado que, al ser golpeado con uno o dos palos, produce sonidos agudos que se escuchan a distancias muy, muy largas. 


viernes, 19 de marzo de 2021

Camille Claudel silenciada-Por Eleine Etxarte




Camille Claudel silenciada



Nos esperaban siete horas de viaje desde Barcelona a Montfavet, un pueblo situado en la Comuna de Avignon, Francia.


Hélène me describía a sus padres, la casa familiar y las costumbres mientras el Twingo avanzaba tranquilo, al mismo ritmo de las palabras de mi amiga francesa. Teníamos muchas horas por delante y la intención de disfrutarlas todas.


Dos motivos nos habían llevado a emprender el viaje: el primero, pasar unos días en la casa de Hélène y así ver como se encontraban sus padres; y, el segundo, los últimos años de vida de Camille Claudel, la apasionada escultora francesa.


Yo tenía en mi estudio una fotocopia de la famosa foto de Camille subida en una especie de andamio, con aquel aparatoso traje de la época que casi no la dejaba respirar. Seguro. Trabajaba en una escultura de tamaño natural, un hermoso desnudo femenino, en el taller del reconocido artista Rodin, hacia 1899.


Dos meses antes del viaje, mi amiga y yo descubrimos observando esa imagen de Camille que ambas sabíamos muchas cosas de la escultora y alguna realmente sorprendente.


Yo le conté a Hélène que esta artista había sido la fiel representación del ideal romántico que conduce a las mujeres al despojo de sí mismas, cediendo toda su energía creativa al engrandecimiento de otros. Y que fue hacia 1970, cuando artistas e historiadoras de arte feministas se preguntaron por la presencia de las mujeres en el hecho artístico, como la obra de Camille Claudel comenzó a reconocerse.


Esta mujer nacida en 1864, pasó gran parte de su vida junto al famoso escultor Auguste Rodin como su amante y colega, además de ser las manos ocultas que esculpieron numerosas obras de quien protagonizaría la historia y ocuparía un lugar en los museos.                           


Ese mismo día, Hélène me habló del cuadro que Camille Claudel había regalado a Madame Fabre, su cuidadora y acompañante hasta el final de sus tristes días. Esta mujer pertenecía a la familia de mi amiga y el cuadro estaba colgado en el salón de la casa familiar, sin firmar.


Desgraciadamente Madame Fabre ya no podía responder a mis preguntas.


Quizás el lienzo me diera respuestas sobre el sentir de los últimos días de Camille.


Tenía muchas ganas de verlo, de escudriñarlo, de encontrar algo de la artista en el tema o en los colores, quizás en sus pinceladas.


Ambas conocíamos bien el triste final de Camille, sabíamos que cuando su padre murió en 1913 ella vivía entre la pobreza y el abandono familiar; ocho días más tarde la madre firmó el certificado de ingreso de Camille en un hospital psiquiátrico, donde no podía recibir visitas ni correspondencia.


Durante 30 años estuvo internada. Murió entre salas psiquiátricas el 19 de octubre de 1946, pasaron varios años para que su hermano, el poeta Paúl Claudel, se ocupara de su cuerpo.


Acusada de manía persecutoria y delirios de grandeza, reivindicó su cordura durante todos los años que permaneció internada, totalmente privada de libertad.


Debió de ser un auténtico incordio para Monsieur Rodin cuando Camille decidió reivindicar su sitio en el mundo del arte de la época, ella siempre le acusó de haber ocultado su trabajo bajo su alargada sombra hasta conseguir enterrarla como artista y como mujer.


Cuando llegamos era noche cerrada y su madre ya nos esperaba de pie en la puerta de la casa envuelta en un exquisito olor a tomates fritos y especies. Habíamos viajado desde Cataluña a Avignon en coche pero en ese instante, todos mis sentidos me transportaron a Marruecos.


El abuelo de Hélène había tenido una fábrica de sardinas en Safí y durante muchos años la familia vivió junto al Océano Atlántico. Su cocina era entre portuguesa y marroquí, sin dejar de tener, por supuesto, un toque afrancesado.


Allí estábamos las tres sentadas a la mesa después de cenar, disfrutando de un té con hierbabuena preparado con la calma africana del movimiento constante, el perfumado liquido pasaba de la tetera al vaso y otra vez a la tetera, hasta alcanzar el punto justo. Fue en ese momento cuando Hélène se levantó y reapareció con el lienzo que Camille había regalado a Madame Fabre.


Lo dejó sobre la mesa suavemente, las tres nos quedamos en silencio.


Al día siguiente arrancamos el Twingo pronto y nos dirigimos al psiquiátrico de Montdevergues, a tan solo tres kilómetros de Montfavet.


Kilómetros y kilómetros de altos muros cubiertos de hiedra. Nunca soñé con semejante ciudad amurallada, aislada, apartada del mundo. La ciudad de los olvidados.


Fue una experiencia escalofriante.


Sobre lo que pasó allí dentro durante tanto tiempo se habla en “La hecatombe de los locos”, un documental dirigido por Elise Rouard.


El viaje lo hicimos en silencio. Yo solo tenía en mi mente el gorgoteo del agua hirviendo y, dentro de la cazuela, esas dos patatas que habían sido el alimento diario de Camille durante tantos años, así lo reflejaba la película de Bruno Dumont que narra el día a día de la artista en el psiquiátrico. La espera, los muros interminables y el olvido.


En un instante acudió a mí el lienzo de Camille.


Un dulce paisaje que retrata una realidad vista desde lejos, quizás desde el recuerdo  y la idealización, la perspectiva, el punto de vista tiene cierto aire de prohibición.                                     


Esa tela muestra una actitud casi de voyeur ante lo que nos describe el lienzo, la mirada funciona como la de un espectador de las vidas ajenas, sin participar en ellas.


En primer plano, un campo cubierto de verde hierba, en segundo, unos arbustos nos cierran el paso y después, un lago termina de prohibirnos la entrada, nos aleja de varias casas rurales que parecen habitadas, hogares cálidos llenos de vida inalcanzable, coronados por un cielo preñado de delicadas nubes que dejan ver un pequeño espacio de azul infinito, muy al final del lienzo, como una promesa inaccesible.



Los colores y las pinceladas son tan delicados que parece que el pincel en la mano de la artista no pintaran, solo susurrasen.


De vuelta a Montfavet decidimos tomar un café en la plaza del pueblo, yo tenía el corazón encogido. La plaza era pequeña pero muy hermosa. Le pregunté a Hélène si era allí donde celebraban los bailes de pueblo, ella me contestó que sí, que allí, señalándome hacia un lado, se colocaba la orquesta, también le pregunté dónde bailaba la gente. Mi amiga me contestó que en su pueblo no bailaba nadie, permanecían sentados o de pie. ¿Por qué? Pregunté yo perpleja. Aquí nadie quiere ser confundido con un loco, esa fue su respuesta.