viernes, 3 de enero de 2020

De anochecida (Cecilio Olivero Muñoz)


Me eché a dormir por la tarde y desperté de anochecida, me puse a ver las noticias y había demasiada sangre, y lo más cruel era que siempre suele ser sangre inocente, como siempre, también culpable, pero la inocente es la que duele, después me puse la película Flamenco, Flamenco de Carlos Saura, es importante decir que es la segunda parte de su primer film sobre flamenco, llamado Flamenco a secas. Si me dieran a elegir entre las dos no sabría con cual quedarme, las dos son de una enorme calidad plástica y estética. En la primera sale el Farruquito con su abuelo Farruco y Chocolate al cante, en la segunda sale Farruquito en un gran alarde de su arte ya casado y liberado de su reclusión en prisión. Se le ve fresco, alegre, es un gran bailaor nombrado por la revista Times como uno de los hombres más atractivos del planeta, quizá tengan razón, pero hay que ver cómo baila. En estos tiempos de incertidumbre política es lo único que no está podrido, el arte. Ver esa película fue como un bálsamo reconciliador con el ángel bueno que todo el mundo tiene. En la segunda parte de esta película sobre flamenco salen toda la nueva hornada de artistas flamencos, hay que ver los fondos que usa el gigantesco director Carlos Saura, fondos de paisajes goyescos, te recuerdan al Greco, a Zurbarán, también usa fondos de pintores como Julio Romero de Torres, y carteles de películas de Lola Flores, Juanita Reina, Manolo Caracol, la Piquer, también portadas gigantes de La Paquera de Jerez, y un largo etcétera, también se involucra en atajos de espejos y sorpresivos trampantojos. Sería una ardua labor enumerar aquí todos los cantaores, bailaores, y tocaores, que fluyen en la película. En la película la actuación se une a lo verídico constantemente y un juego de luces y elocuentes trucos de cámara hacen de esta obra de arte todo un espectáculo, les invito a verla. No se arrepentirán. 



sábado, 2 de noviembre de 2019

la mejor película (Cecilio Olivero Muñoz)


Se pueden seguir varios criterios para catalogar una película como la mejor película que hayas visto jamás. Los hay de muchos criterios, que nos hable bien la crítica, que sea premiada en un importante festival de cine, también si te han hablado muy bien de ella y han dado en el clavo recomendándola. Pero a mi parecer, el mejor criterio que puedes tener es tu propio ojo crítico cuando estás viendo una película y no quieres que se acabe, es parecido a cuando estás soñando algo alucinante y te despiertan y te resistes, pero no, tienes que levantarte, ya sea para trabajar o para sacar el perro a pasear, pero no quieres que se acabe tu sueño alucinante. O también vale ese tipo de películas que las recuerdas por algún detalle, o quizá repitas una frase que te gustó con alguien que sabes que no la ha visto, repites la frase como un Don Quijote postmoderno a lomos de Rocinante. Podría ser una buena novela y un buen remake de la obra de Cervantes, un remake en la postmodernidad tardía. En lugar de estar loco por las novelas de caballerías, estar loco por los personajes épicos del cine, incluyendo superhéroes y demás filantropía. También vale para mujeres, aquí no hay diferencias. Un buen cine es el que no quieres que se acabe y lo tomas y retomas varias veces, y el que te deja una huella. Por eso nos gusta el cine, por ello debe ser una industria, aquí en Europa hay muy buen cine, también en Latinoamérica, bueno, en todo el mundo, no sólo existe Hollywood, también existe Bollywood, y el cine árabe, japonés, iraní, chino, y africano, ya digo, en todas partes. Porque el cine es sueño y los sueños cine son, como bien decía Eduardo Aute en su canción. Vean cine, lo recomiendo. 

sábado, 12 de octubre de 2019

Alos quartet (Juan A. Herdi)


Sin duda fue durante los años 70 cuando la denominada música folk tomó carta de naturaleza y salió de, hasta entonces, los estrechos márgenes de la cultura popular para iniciar un reconocimiento generalizado. También es cierto que el concepto «cultura popular» es muy poco aclaratorio, no se circunscribe a una categoría específica, no debería al menos circunscribirse a paradigmas rigurosos, y lo mismo ocurre con la música folk, que comprende estilos diversos. 
Sea lo que fuere, dicha música encuentra hoy una enorme aceptación y no son pocos los grupos que se mueven en tal ámbito, incluso más allá del mundo estrictamente céltico, donde tiene su origen. Incluso desde hace tiempo se organizan festivales, convertidos muchos de ellos en verdaderas referencias para los aficionados a tales ritmos, entre ellos los de Ortigueira, en La Coruña, y el de Getxo, en Vizcaya.
Es durante el transcurso de este último festival, el Getxo Folk, en la primera semana de septiembre de este año, cuando se presentó el cuarto disco de Alos Quartet, titulado Lau, cuatro en vasco. Se trata de uno de los grupos más originales y sin duda con un enorme sentido de la innovación y reflexión musical.
Lo constituyen cuatro músicos, todos ellos con formación clásica, experiencia propia y un afán enorme por experimentar: Xabier Zeberio, violín y nyckelharpa, Lorena Nuñez, viola, Francisco Herrero, violín, e Iván Carmona, cello. Su origen fue, como ocurre tantas veces, por casualidad. En 1999 el cantante vascofrancés Niko Etxart necesitó cuatro músicos para llevar a cabo una grabación y los reunió en Zuberoa, una de las tres provincias vascofrancesas con una tradición musical riquísima, para acompañarlo. A partir de allí se inicia su labor musical que incorpora también colaboraciones con otros muchos músicos, como no podía ser menos dado su origen. Colaboran con ellos y ellos colaboran con Kepa Junquera, Benito Lertxundi, Izaro, Pier Paul Berzaitz u Oskorri, formación a la que perteneció el propio Xabier Zeberio, entre algunos de los vascos, pero también de otros lugares, como Carlos Nuñez, Silvio Rodríguez o la fadista Dulce Pontes, con quien realizaron varios conciertos en España y Portugal.  
Para el disco que presentaron en Getxo le pidieron permiso a Marisol Bastida, viuda de Mikel Laboa, el mítico ya músico vasco, para incorporar su voz en una de las canciones, Oi, Pello, Pello.
Alos Quartet cumple ya veinte años de trabajo y ha logrado en estos cuatro lustros aportar una música envolvente y sugestiva. A todas luces se trata de un conjunto que hay que tener en cuenta y seguir, pues sin duda no dejarán de experimentar y de aportar nuevas armonías al panorama musical. 

miércoles, 2 de octubre de 2019

Urtain, de icono a loser (Cecilio Olivero Muñoz)


El otro día vi la obra de teatro de TVE en YouTube Urtain, la obra es excelente, solamente tiene como escenario un cuadrilátero de boxeo, al parecer han vuelto a televisar nuevos programas de Estudio 1, aunque una única obra, no como los antiguos programas de televisión Estudio 1 donde grandes actores representaban grandes obras clásicas, españolas y extranjeras. Aunque sólo creo que han emitido URTAIN, una obra de Juan Cavestany con un elenco de buenos actores, algunos conocidos por el espectador,  ya sea de teatro o de cine. Pero lo que me ha llevado a hacer esta especie de crítica de aficionado es el término “perdedor” en esta España, patria enclenque de mediocres (según muchos personajes), últimamente veo muchos vídeos que me avergüenzan como español y como ciudadano de esta España, que merece respeto y una gran admiración merecida. Utilizan a Urtain (José Manuel Ibar Azpiazu, boxeador, campeón de Europa de los pesos pesados, también conocido como Morrosko, nacido en Aizarnazabal, Guipúzcoa, el 14 de mayo de 1943, muerte por suicidio en Madrid el 21 de julio del 1992 [año de olimpiadas en Barcelona]) como icono del hombre perdedor cuando ese fragmento del papel, fuera del teatro y dentro de la vida real, debería ser nuestra impronta y conservar así la humildad impoluta, y que ésta sea nuestra seña de identidad, ya que el ego masturbador de mucha gente es sentirse vencedor, pero es preferible tener como ejemplo y como salvoconducto existencial el concepto URTAIN (nombre del caserío de los Ibar), ya que muchas personas se apropian de la envidia de cicuta y ortiga, del nepotismo con olor a rancio y la maldad en toda su esencia como si éstas características, que no se adquieren al nacer, sino que florecen con los años como el moho, éstos singulares defectos por antonomasia fueran motivo de orgullo, lo fácil es: primero criticar, después reírse y un rato después abrazarse todos como en una bacanal de vencedores sobre los cadáveres de los vencidos, y por ende, los perdedores natos, y algunos de éstos perdedores son la buena savia que habita desde la bondad y el corazón noble. Decía que últimamente veo muchos vídeos por YouTube, también Twitter y también Facebook, y a veces siento vergüenza ajena, ya no por mi condición de españolito (de la que no renuncio), sino por mi condición de ciudadano del mundo. El otro día vi como la televisión francesa difunde un vídeo riéndose de la Guardia Civil, de su torpeza, ya lo han hecho otras veces con el tema del dopaje y los deportistas españoles, es muy fácil reírse y criticar a ultranza, pero en mi tierra, que es España, se dice un refrán muy adecuado para este caso: ríete del mal del vecino que el tuyo viene por el camino. 

Con respecto a Urtain diré que merece todo mi respeto, un hombre que no sabía hablar castellano (solamente hablaba euskera cuando vivía en el caserío familiar) y es arrancado de sus raíces (debido a que era también levantador de piedras)  y un hombre con tantas victorias como palmarés 53 victorias-11 derrotas, merece todo el respeto del mundo, es un luchador noble. Mucha gente llegó a clasificarle de juguete roto, hubo gentuza que se aprovechó de su corazón noble y sin maldad; es necesario admitir que en la obra de teatro no se le trata bien, pero es teatro, y muchas veces hallamos en el teatro la verdad del mundo desnuda, verdad-embustera. Pero el hecho de reírse del perdedor no es un hecho que solamente tenga cabida en España, es mundial. En fin, la vida es puro teatro. 

jueves, 26 de septiembre de 2019

Malos tiempos para la lírica (Juan A. Herdi)


No parecen buenos tiempos para la lírica, los nuestros, este siglo XXI que se nos presenta con una tremenda crisis medioambiental, tan evidente ya a estas alturas que está siendo objeto de movilizaciones y de debates intensos, preocupantes y, peor aún, sin atisbar ningún remedio. Es un problema nuevo, sí, pero que sin embargo no ha aparcado otros más clásicos, una crisis social grave, trágica en ocasiones, como es el caso de las muertes en el Mediterráneo, una situación económica repleta de nubarrones, una inestabilidad política que en España se traduce en elecciones cada año, sin atisbar tampoco aquí muchas salidas. Por repetir, repetimos incluso la crisis catalana que es como una constante en España, un ni sí ni no ni todo lo contrario que llega a veces a aburrir por lo poco novedosa que resulta y por su pobreza de argumentos y razones. 
Si echamos una ojeada al pasado, descubrimos con horror que todo se repite con una asiduidad tremenda. Claro que cada generación vive su crisis –o su parcela de crisis: la crisis es la misma, la de hoy y la de ayer– con ojos nuevos y tal vez por ello no produce ese agobio de la rutina, de la insistencia y la redundancia. No hay un déjà vu en nuestra mirada, pero la hay en la historia, por esto tal vez cada final de generación comporta un final del mundo y la aparición de una nueva conlleva algo de esperanza. 
Claro que no es una repetición exacta la de una época y otra. Si comparamos este salto de siglo último con el de hace cien años, vemos problemas parecidos, pero otros nuevos; actitudes similares, pero otras diferentes. Por ejemplo, la presencia de la cultura y el papel de los artistas en la sociedad de finales del siglo XIX e inicios del XX, tan diferente a lo que ocurre hoy. 
El 13 de enero de 1898 Émile Zola publicó un artículo en el diario francés L´Aurore en el que incidía en un asunto de enorme importancia en la Francia del momento, la acusación a un alto mando del ejército de origen judío de espionaje. Ese artículo dio inicio a la aparición de un fenómeno que en sí no era del todo nuevo, la participación de un escritor en la actualidad política y social, pero que le dio cierta carta de naturaleza, hasta el punto de surgir entonces el concepto de intelectual comprometido. 

En España la denominada generación del 98 tuvo una mirada intensa en la realidad política y social de un país que parecía descalabrado, como lo parece hoy. Antes, algunos escritores habían comenzado a escribir sobre la realidad social, sobre lo que Emilia Pardo Bazán calificó la cuestión palpitante. El siglo XX, hasta una década antes de su final, fue intenso en la participación de escritores, artistas y otra gente de la cultura, la intelectualidad, que es un concepto tal vez demasiado amplio, un tanto engreído, en la realidad política y social. Pero a medida que el siglo se acercaba a su final fue desapareciendo la presencia de los escritores y los artistas de esta realidad, como si cada vez tuviera menos importancia su opinión o como si no existieran ya motivos para su incidencia, hasta el punto de que de vez en cuando surgía la pregunta de dónde estaban los escritores y artistas ante los problemas del país y del mundo.
Hoy ya ni siquiera nadie se lo pregunta, tal vez porque ese mundo de la cultura en general tiene menos importancia social, excepto quizá el mundo del cine, que ha ganado más peso con los avances audiovisuales y haber ocupado además el espacio que ocupaba el mundo de las letras o a la pintura. Tampoco es que la opinión de un escritor tuviera que ser más certera que la de cualquier otra persona de cualquier otro sector ni hacía más justa la causa por la que se comprometiera, conllevaba eso sí una influencia social. Aunque a la hora de incidir y tener la razón, haya que ser muy cauto. Sea lo que fuere, ya no hay esos manifiestos firmados por un sinfín de autores, a lo sumo se intenta incidir por medios de artículos o de columnas que recogen una mirada menos aseverativa que la de hace unos años. Y quizá esto no sea del todo malo. Ni tampoco bueno si lo miramos desde el lado del debate público, cada vez más bronco y menor argumentativo. Refleja eso sí, en parte, la menor importancia que tiene la cultura en la sociedad. 
Hay hoy autores que siguen comprometidos con sus opiniones respecto a la sociedad, como Rafael Reig, y autores en cuyas novelas hay un trasfondo político e histórico que invita a una reflexión sobre los últimos años, como ocurre con Martínez de Pisón. Pero a todas luces, la situación ha cambiado y su peso es mínimo, no existe ya siquiera ese deseo de incidir como gremio. Lo cual no es malo por sí mismo, aunque lo dicho, denota ese nulo papel que tiene hoy la cultura en el panorama social.