martes, 28 de junio de 2022

Silencios (Juan A. Herdi)




No hay duda de que la literatura tiene mucho que aportar en el proceso de memoria, en esa búsqueda que nos permita contemplar de dónde venimos y así confrontarnos con una historia que nos ha conformado como sociedad y que a menudo intentamos olvidar, apenas nos atenemos a los titulares, sin nunca entrar en los detalles. Hay aspectos que no gustan de este pasado, hay momentos en que la miseria física y moral del país explican muchas deficiencias de este presente nuestro.

No es la historia de los grandes momentos, de las hazañas y el esplendor, o de la resistencia cuasi heroica, sino que se trata de esa cotidianidad que molesta, corroe por dentro. España no es un país muy dado a recordar, a pesar de los discursos oficiales, su población parece haber optado por pasar de puntillas ante ciertos capítulos vergonzantes.

Dos novelas en España, sin embargo, cumplen escrupulosamente con la función de traernos la memoria de lo que fue: Los santos inocentes, de Miguel Delibes, e Intemperie, de Jesús Carrasco. La primera se publicó en 1981; la segunda, en 2013. De ambas hay adaptaciones cinematográficas magníficas, la de Mario Camus, en 1984, de Los Santos Inocentes y la de Benito Zambrano, en 2019, de Intemperie.

Ambos relatos nos remiten a una época aciaga, sombría, a unas relaciones sociales basadas en la miseria y el sometimiento absoluto. Las dos novelas nos muestran lo que era en gran medida este país no hace tanto tiempo, porque no hace mucho que ha pasado todo lo que se cuenta y aún hay quien lo haya visto y vivido. Ambas novelas evocan no los hechos más claves, los que describen la Historia (con mayúscula, la fijada por la academia y los estudios), sino la intrahistoria, lo que supuso vivir bajo unas relaciones de poder agobiantes, hostiles, de sumisión. A veces ésta es clave para entender aquella, Marx afirmó alguna vez que había aprendido mejor los mecanismos de la economía en las novelas de Balzac que en los sesudos análisis económicos de su época.

Es tremendo pensar que la vida de Paco, Régula y sus hijos, la de Azarías, así como la de los otros criados de la hacienda extremeña, fueran las de cientos, miles de personas, que vivían en los años sesenta. El país empezaba a tener, es cierto, algunas mejoras, apenas perceptibles para muchos, y la guerra empezaba a ser un mal recuerdo, habían pasado poco más de veinte años (pero no es tiempo, ¡veinte años!, poco más de veinte años es lo que ha pasado desde el último salto de siglo y los hechos dramáticos que entonces se dieron).

En los cuarenta se da la fuga a la intemperie de un zagal de otra hacienda en la España interior, o sea, veinte años antes que el momento descrito de las vidas de Paco y Régula. Ni siquiera tiene nombre, todos se refieren a él como el niño. En Los santos inocentes, Paco intenta que los hijos estudien, aunque sea lo básico, para que puedan salir de las estrecheces vividas por él, no las conocemos, no nos las cuentan, pero sospechamos que fueron incluso peores a las del tiempo de la novela. Pero para el niño de la novela de Jesús Carrasco, ni siquiera cabe tal posibilidad, ha de fugarse, salir del horror que vamos intuyendo a medida que pasa la acción.

Llama la atención que en ambos relatos el silencio clama, va perfilándonos la historia sin necesidad de pronunciar todas las palabras que permitan describírnosla al detalle. Hay mucho que no se cuenta, pero sabemos. Esos silencios se hallan en un contexto que, a pesar de los olvidos, permanece anclado en nosotros. En la buena literatura, también en el buen cine, esos silencios son tan importantes y claves como lo que se dice y se cuenta. El silencio como parte de la narrativa.

Asusta no poco que esos silencios sigan dándose no en la literatura, como un elemento narrativo más, sino en la vida, reforzando toda la crueldad posible. Hay muchos silencios en las vidas de quienes murieron el pasado 24 de junio en las vallas que separan dos países. Pero imagino que son silencios no muy diferentes de Paco, de Régula o del niño. Intuimos toda una vida, poco fácil y muy dramática, en la sola mención de su tragedia. Hay un silencio demasiado expresivo en ese problema «bien resuelto» que nos confronta, una vez más, al horror

jueves, 5 de mayo de 2022

La Bailaora (Cecilio Olivero Muñoz)

 


Ella está colocando unas gomas para hacer más flexible los zapatos para taconear. Vivimos en Santa Cruz, barrio sevillano por excelencia. Ha cosido las gomas a los zapatos de tacón con hilo grueso. Ahora, cuando baile con su traje de gitana, puede torcer los tacones. 


Nunca se ha visto ni en Andalucía ni en toda España una bailaora como ella. Obnubila verla bailar. A mí cuando levanta los volantes del vestido me pone cachondo. Sí, me excita mucho. Las mujeres andaluzas son especiales, y más si son bailaoras como la mía. Se pone todos los adornos de gitana, su peineta, sus pendientes a juego, esos labios pintados, parece una Mona Lisa flamenca. Cuando más fantaseo es cuando baila, me pone a cien. A ella le gusta provocar. Levanta sus volantes mientras que los palmeros, los tocaores y el cantaor se embelesan con su arte, yo cuando la veo bailar con esa gracia, me lavo y hago el amor con ella. Es una bailaora con tanto arte que despierta deseo en los hombres, y en algunas mujeres. Se pinta la raya con un lápiz de ojos como una Cleopatra. 


Para mi no hay otra igual. Es la mejor bailaora, y aunque provoque arremangándose las enaguas de su vestido de gitana ella es solo mía. Muchos han tratado de llevársela a la cama, pero ella les dice: —Cuidadito que tengo marío’. Y espanta a los moscones. Es buena en el baile, pero su talento posee sensualidad y provocación, ¿acaso no es el arte flamenco una pena apuñalada por la alegría de todo el cuadro flamenco? Ser flamenco es disfrazar las penas con la pureza del cante. Lo mejor de todo es cuando se arremanga el vestido y con sus tacones taconea al compás por bulerías, por tangos y soleares clavas’.

viernes, 15 de abril de 2022

El Suicidio es de cobardes (Cecilio Olivero Muñoz)

 


¿Quién no ha pensado alguna vez

en el suicidio?

Un tópico: el suicidio es de cobardes.

Paso los dedos por el polvo

del ataúd de mis muertos.

Dejo un rastro que contiene una pregunta:

¿Es fácil morirse?

Que se lo digan al Hemingway padre

y que sea el hijo quien conteste.

Tengo al menos tres muertos

entre familia y conocidos

que se precipitaron al tren.

Hay que ser valiente para eso.

¿Alguien ha visto cómo pasa un tren

a pocos metros de distancia?

Hay una violencia entre el acero

y la velocidad monstruosa.

Hay que tener huevos para eso.

O enfrentarse al mar como Alfonsina.

Chet Baker se tiró desde la ventana

de un hotel en Amsterdam.

Silvia Plath tuvo una muerte dulce.

El gas del horno de una cocina.

Todo eso bien lo conocemos.

Reinaldo Arenas murió con barbitúricos.

La muerte tiene una efigie

que sólo ve el que está destinado a la muerte.

Algunos se suicidan porque no quieren

ser viejos octogenarios.

Como es el caso de Gabriel Ferrater.

Yo lo intenté a mis veintisiete años.

Es evidente que fracasé.

Me tomé unos cuantos blísters

de medicación psiquiátrica.

Nadie se imagina lo que es estar enfermo,

enfermo psíquico.

Pero las gomas que te introducen por las fosas

nasales es algo peor que dejarse morir.

Pero cuando expulsas las pastillas 

te vienen unas ganas locas de vivir.

Si yo me suicidara mi madre se volvería loca.

Prefiero mi locura a la de mi madre.

Y mi padre, pobre de mi padre,

no ha hecho otra cosa más que sufrir.

Mis hermanos, les dejaría un vacío.

Cuando todo gire en tu contra

encomiéndate a los suicidas del mundo.

Cuando se sufre un día malo

puede ser que el siguiente también lo sea.

Pero la vida es efímera, ya se encargará

la naturaleza en darte una muerte sin prisas.

Cada día se muere y cada día se renace. 

Aférrate a algo, no mueras de inanición,

tampoco te tomes la vida muy a pecho.

Vivir es más duro que morir.

Pero ser un alma en pena

es una cárcel que te hace invisible,

mucho peor que estar presente.

Vive porque tienes algo a qué aferrarte.

También conozco la muerte

de los valientes. 

viernes, 8 de abril de 2022

Día del pueblo gitano-Gitanos de ayer y hoy-Cecilio Olivero Muñoz

 


En los años setenta se editó un disco memorable para todo rumbero que se precie. Eran tiempos de dictadura y gran parte de la raza gitana vivían como podía en chabolas y barracas. Por aquellos años se publicaron varios discos hoy descatalogados, uno de ellos se llamaba Los Gitanos de Hoy y eran rumbas flamencas con cierto regusto a los tangos típicos de los gitanos portugueses. Por aquella época se hacía una rumba muy distinta. Una rumba con guitarras, palmas y trompeta, y las letras eran muy diferentes. En esos años aparecieron los discos de Tony el Gitano, Los Rumberos Catalanes, El Pelos y los Marus, y un largo etcétera. 





Pero algo después a esa oleada de rumbas y tangos había ecos de gente como los Diamantes Morenos y también empezaban a salir discos más innovadores como Los Chichos, Los Chunguitos, todo un largo y variado repertorio gitano que se ejercía en bodas y festejos de gran repercusión. Comenzó la transición y todo ese compendio de virtuosos de la rumba logró llevar su música a las discotecas. Tanta era la gran difusión de esa variedad de grupos que se hizo cine y hombres rumberos como El Peret, Ramonet o El Paló llevaron desde los años setenta sus rumbas para luego estallara el boom con gente como Los Manolos, Gato Pérez, y un elenco de artistas que bajo la rumba la trasladaron a un ambiente festivo que llegó a las discotecas. Prueba de ello es la Gauche Divine en discotecas como Boccaccio, se barajaba y sonaba la rumba transcurrida en lo que el Grupo de intelectuales de Barcelona, desde Jaime Gil de Biedma a Carlos Barral, los hermanos Goytisolo bailaban por entonces la rumba de aquella época que abarcaba desde los años setenta hasta años más recientes. Recuerden a Los Rumba Tres y aquel Amics per sempre. Los Manolos por aquella época de olimpiadas y festividad Barcelonesa cantaban letras de The Beatles por Rumba. 


El escritor Juan Marsé escribió en Tardes con Teresa un elemento surgido de aquella época de extrarradio y de barrios marginales. Me refiero a Torre Baró, y el elemento era como personaje el protagonista, un charneguito al que llamaban El Pijo Aparte. Los que hayan leído la novela, llevada al cine como también El Amante Bilingüe sabrán de qué hablo. También enfocada en el sesgo charnego de la época de transición en España. Aunque Juan Marsé, pese a quienes pese, era el escritor por antonomasia de la Barcelona tanto de extrarradio, como de la Catalunya burguesa. También se habla en otras novelas de Marsé, como en las de Juan Goytisolo o Luis Goytisolo, incluso en la poesía del llamado grupo de Barcelona, de la Barcelona charnega que se hizo un hueco en la cultura catalana debido al deseo de trabajar y la generosidad de algunos empresarios de la época. 


La cultura tiene sus lazos de unión, hoy en día pueden encontrar esa música en Internet, por ejemplo en YouTube y Spotify.