sábado, 2 de noviembre de 2019

la mejor película (Cecilio Olivero Muñoz)


Se pueden seguir varios criterios para catalogar una película como la mejor película que hayas visto jamás. Los hay de muchos criterios, que nos hable bien la crítica, que sea premiada en un importante festival de cine, también si te han hablado muy bien de ella y han dado en el clavo recomendándola. Pero a mi parecer, el mejor criterio que puedes tener es tu propio ojo crítico cuando estás viendo una película y no quieres que se acabe, es parecido a cuando estás soñando algo alucinante y te despiertan y te resistes, pero no, tienes que levantarte, ya sea para trabajar o para sacar el perro a pasear, pero no quieres que se acabe tu sueño alucinante. O también vale ese tipo de películas que las recuerdas por algún detalle, o quizá repitas una frase que te gustó con alguien que sabes que no la ha visto, repites la frase como un Don Quijote postmoderno a lomos de Rocinante. Podría ser una buena novela y un buen remake de la obra de Cervantes, un remake en la postmodernidad tardía. En lugar de estar loco por las novelas de caballerías, estar loco por los personajes épicos del cine, incluyendo superhéroes y demás filantropía. También vale para mujeres, aquí no hay diferencias. Un buen cine es el que no quieres que se acabe y lo tomas y retomas varias veces, y el que te deja una huella. Por eso nos gusta el cine, por ello debe ser una industria, aquí en Europa hay muy buen cine, también en Latinoamérica, bueno, en todo el mundo, no sólo existe Hollywood, también existe Bollywood, y el cine árabe, japonés, iraní, chino, y africano, ya digo, en todas partes. Porque el cine es sueño y los sueños cine son, como bien decía Eduardo Aute en su canción. Vean cine, lo recomiendo. 

sábado, 12 de octubre de 2019

Alos quartet (Juan A. Herdi)


Sin duda fue durante los años 70 cuando la denominada música folk tomó carta de naturaleza y salió de, hasta entonces, los estrechos márgenes de la cultura popular para iniciar un reconocimiento generalizado. También es cierto que el concepto «cultura popular» es muy poco aclaratorio, no se circunscribe a una categoría específica, no debería al menos circunscribirse a paradigmas rigurosos, y lo mismo ocurre con la música folk, que comprende estilos diversos. 
Sea lo que fuere, dicha música encuentra hoy una enorme aceptación y no son pocos los grupos que se mueven en tal ámbito, incluso más allá del mundo estrictamente céltico, donde tiene su origen. Incluso desde hace tiempo se organizan festivales, convertidos muchos de ellos en verdaderas referencias para los aficionados a tales ritmos, entre ellos los de Ortigueira, en La Coruña, y el de Getxo, en Vizcaya.
Es durante el transcurso de este último festival, el Getxo Folk, en la primera semana de septiembre de este año, cuando se presentó el cuarto disco de Alos Quartet, titulado Lau, cuatro en vasco. Se trata de uno de los grupos más originales y sin duda con un enorme sentido de la innovación y reflexión musical.
Lo constituyen cuatro músicos, todos ellos con formación clásica, experiencia propia y un afán enorme por experimentar: Xabier Zeberio, violín y nyckelharpa, Lorena Nuñez, viola, Francisco Herrero, violín, e Iván Carmona, cello. Su origen fue, como ocurre tantas veces, por casualidad. En 1999 el cantante vascofrancés Niko Etxart necesitó cuatro músicos para llevar a cabo una grabación y los reunió en Zuberoa, una de las tres provincias vascofrancesas con una tradición musical riquísima, para acompañarlo. A partir de allí se inicia su labor musical que incorpora también colaboraciones con otros muchos músicos, como no podía ser menos dado su origen. Colaboran con ellos y ellos colaboran con Kepa Junquera, Benito Lertxundi, Izaro, Pier Paul Berzaitz u Oskorri, formación a la que perteneció el propio Xabier Zeberio, entre algunos de los vascos, pero también de otros lugares, como Carlos Nuñez, Silvio Rodríguez o la fadista Dulce Pontes, con quien realizaron varios conciertos en España y Portugal.  
Para el disco que presentaron en Getxo le pidieron permiso a Marisol Bastida, viuda de Mikel Laboa, el mítico ya músico vasco, para incorporar su voz en una de las canciones, Oi, Pello, Pello.
Alos Quartet cumple ya veinte años de trabajo y ha logrado en estos cuatro lustros aportar una música envolvente y sugestiva. A todas luces se trata de un conjunto que hay que tener en cuenta y seguir, pues sin duda no dejarán de experimentar y de aportar nuevas armonías al panorama musical. 

miércoles, 2 de octubre de 2019

Urtain, de icono a loser (Cecilio Olivero Muñoz)


El otro día vi la obra de teatro de TVE en YouTube Urtain, la obra es excelente, solamente tiene como escenario un cuadrilátero de boxeo, al parecer han vuelto a televisar nuevos programas de Estudio 1, aunque una única obra, no como los antiguos programas de televisión Estudio 1 donde grandes actores representaban grandes obras clásicas, españolas y extranjeras. Aunque sólo creo que han emitido URTAIN, una obra de Juan Cavestany con un elenco de buenos actores, algunos conocidos por el espectador,  ya sea de teatro o de cine. Pero lo que me ha llevado a hacer esta especie de crítica de aficionado es el término “perdedor” en esta España, patria enclenque de mediocres (según muchos personajes), últimamente veo muchos vídeos que me avergüenzan como español y como ciudadano de esta España, que merece respeto y una gran admiración merecida. Utilizan a Urtain (José Manuel Ibar Azpiazu, boxeador, campeón de Europa de los pesos pesados, también conocido como Morrosko, nacido en Aizarnazabal, Guipúzcoa, el 14 de mayo de 1943, muerte por suicidio en Madrid el 21 de julio del 1992 [año de olimpiadas en Barcelona]) como icono del hombre perdedor cuando ese fragmento del papel, fuera del teatro y dentro de la vida real, debería ser nuestra impronta y conservar así la humildad impoluta, y que ésta sea nuestra seña de identidad, ya que el ego masturbador de mucha gente es sentirse vencedor, pero es preferible tener como ejemplo y como salvoconducto existencial el concepto URTAIN (nombre del caserío de los Ibar), ya que muchas personas se apropian de la envidia de cicuta y ortiga, del nepotismo con olor a rancio y la maldad en toda su esencia como si éstas características, que no se adquieren al nacer, sino que florecen con los años como el moho, éstos singulares defectos por antonomasia fueran motivo de orgullo, lo fácil es: primero criticar, después reírse y un rato después abrazarse todos como en una bacanal de vencedores sobre los cadáveres de los vencidos, y por ende, los perdedores natos, y algunos de éstos perdedores son la buena savia que habita desde la bondad y el corazón noble. Decía que últimamente veo muchos vídeos por YouTube, también Twitter y también Facebook, y a veces siento vergüenza ajena, ya no por mi condición de españolito (de la que no renuncio), sino por mi condición de ciudadano del mundo. El otro día vi como la televisión francesa difunde un vídeo riéndose de la Guardia Civil, de su torpeza, ya lo han hecho otras veces con el tema del dopaje y los deportistas españoles, es muy fácil reírse y criticar a ultranza, pero en mi tierra, que es España, se dice un refrán muy adecuado para este caso: ríete del mal del vecino que el tuyo viene por el camino. 

Con respecto a Urtain diré que merece todo mi respeto, un hombre que no sabía hablar castellano (solamente hablaba euskera cuando vivía en el caserío familiar) y es arrancado de sus raíces (debido a que era también levantador de piedras)  y un hombre con tantas victorias como palmarés 53 victorias-11 derrotas, merece todo el respeto del mundo, es un luchador noble. Mucha gente llegó a clasificarle de juguete roto, hubo gentuza que se aprovechó de su corazón noble y sin maldad; es necesario admitir que en la obra de teatro no se le trata bien, pero es teatro, y muchas veces hallamos en el teatro la verdad del mundo desnuda, verdad-embustera. Pero el hecho de reírse del perdedor no es un hecho que solamente tenga cabida en España, es mundial. En fin, la vida es puro teatro. 

jueves, 26 de septiembre de 2019

Malos tiempos para la lírica (Juan A. Herdi)


No parecen buenos tiempos para la lírica, los nuestros, este siglo XXI que se nos presenta con una tremenda crisis medioambiental, tan evidente ya a estas alturas que está siendo objeto de movilizaciones y de debates intensos, preocupantes y, peor aún, sin atisbar ningún remedio. Es un problema nuevo, sí, pero que sin embargo no ha aparcado otros más clásicos, una crisis social grave, trágica en ocasiones, como es el caso de las muertes en el Mediterráneo, una situación económica repleta de nubarrones, una inestabilidad política que en España se traduce en elecciones cada año, sin atisbar tampoco aquí muchas salidas. Por repetir, repetimos incluso la crisis catalana que es como una constante en España, un ni sí ni no ni todo lo contrario que llega a veces a aburrir por lo poco novedosa que resulta y por su pobreza de argumentos y razones. 
Si echamos una ojeada al pasado, descubrimos con horror que todo se repite con una asiduidad tremenda. Claro que cada generación vive su crisis –o su parcela de crisis: la crisis es la misma, la de hoy y la de ayer– con ojos nuevos y tal vez por ello no produce ese agobio de la rutina, de la insistencia y la redundancia. No hay un déjà vu en nuestra mirada, pero la hay en la historia, por esto tal vez cada final de generación comporta un final del mundo y la aparición de una nueva conlleva algo de esperanza. 
Claro que no es una repetición exacta la de una época y otra. Si comparamos este salto de siglo último con el de hace cien años, vemos problemas parecidos, pero otros nuevos; actitudes similares, pero otras diferentes. Por ejemplo, la presencia de la cultura y el papel de los artistas en la sociedad de finales del siglo XIX e inicios del XX, tan diferente a lo que ocurre hoy. 
El 13 de enero de 1898 Émile Zola publicó un artículo en el diario francés L´Aurore en el que incidía en un asunto de enorme importancia en la Francia del momento, la acusación a un alto mando del ejército de origen judío de espionaje. Ese artículo dio inicio a la aparición de un fenómeno que en sí no era del todo nuevo, la participación de un escritor en la actualidad política y social, pero que le dio cierta carta de naturaleza, hasta el punto de surgir entonces el concepto de intelectual comprometido. 

En España la denominada generación del 98 tuvo una mirada intensa en la realidad política y social de un país que parecía descalabrado, como lo parece hoy. Antes, algunos escritores habían comenzado a escribir sobre la realidad social, sobre lo que Emilia Pardo Bazán calificó la cuestión palpitante. El siglo XX, hasta una década antes de su final, fue intenso en la participación de escritores, artistas y otra gente de la cultura, la intelectualidad, que es un concepto tal vez demasiado amplio, un tanto engreído, en la realidad política y social. Pero a medida que el siglo se acercaba a su final fue desapareciendo la presencia de los escritores y los artistas de esta realidad, como si cada vez tuviera menos importancia su opinión o como si no existieran ya motivos para su incidencia, hasta el punto de que de vez en cuando surgía la pregunta de dónde estaban los escritores y artistas ante los problemas del país y del mundo.
Hoy ya ni siquiera nadie se lo pregunta, tal vez porque ese mundo de la cultura en general tiene menos importancia social, excepto quizá el mundo del cine, que ha ganado más peso con los avances audiovisuales y haber ocupado además el espacio que ocupaba el mundo de las letras o a la pintura. Tampoco es que la opinión de un escritor tuviera que ser más certera que la de cualquier otra persona de cualquier otro sector ni hacía más justa la causa por la que se comprometiera, conllevaba eso sí una influencia social. Aunque a la hora de incidir y tener la razón, haya que ser muy cauto. Sea lo que fuere, ya no hay esos manifiestos firmados por un sinfín de autores, a lo sumo se intenta incidir por medios de artículos o de columnas que recogen una mirada menos aseverativa que la de hace unos años. Y quizá esto no sea del todo malo. Ni tampoco bueno si lo miramos desde el lado del debate público, cada vez más bronco y menor argumentativo. Refleja eso sí, en parte, la menor importancia que tiene la cultura en la sociedad. 
Hay hoy autores que siguen comprometidos con sus opiniones respecto a la sociedad, como Rafael Reig, y autores en cuyas novelas hay un trasfondo político e histórico que invita a una reflexión sobre los últimos años, como ocurre con Martínez de Pisón. Pero a todas luces, la situación ha cambiado y su peso es mínimo, no existe ya siquiera ese deseo de incidir como gremio. Lo cual no es malo por sí mismo, aunque lo dicho, denota ese nulo papel que tiene hoy la cultura en el panorama social. 




viernes, 20 de septiembre de 2019

sobre bandas sonoras de películas (Cecilio Olivero Muñoz)


Bandas sonoras existen infinidad de ellas pero vamos a destacar aquí las que me parecen interesantes, o que a mí en especial me han gustado, por no decir me han conmovido, que ese sí sería el adjetivo calificativo idóneo. Empezamos por el cine español, ya en el cine mal llamado “quinqui” existen dos bandas sonoras interesantes, la una es la película de Carlos Saura Deprisa, deprisa donde tiene temas desde Los Chunguitos a Lole y Manuel, pero quiero destacar el tema genérico de la película, que es Me quedo contigo también mal titulada Si me das a elegir, que lo recordarán porque fue cantando por Rosalía de manera excepcional en la 33a gala de los premios Goya, con la participación del grupo de jóvenes del Orfeó catalá, un tema excelente, también interpretado por Manu Chao. Es importante decir que ese tema lo compuso el hermano fallecido llamado Enrique de la saga de los Salazar (los Chunguitos) también sobrinos de Porrina de Badajoz, muy conocido en el mundo flamenco. La otra película es Yo, el Vaquilla dirigida por José Antonio de la Loma, también director de Perros callejeros y la banda sonora de la película sobre la vida de Juan José Moreno Cuenca “el Vaquilla”, es de Los Chichos, con temas como yo quiero a mai, también Campo de la bota o el tema genérico que es Señor, ayúdame, es necesario decir que estas películas han marcado a toda una generación y muchas veces se ha estudiado este fenómeno de los años de transición en España, años duros, de delincuencia y picaresca. No sin dejar el cine español me gustaría reseñar un tema de la película La lengua de las mariposas del director José Luis Cuerda y de un relato homónimo del escritor Manuel Rivas, con música de Alejandro Amenábar y también Lucio Godoy, es una música especialmente atractiva y con una tristeza reposada que hace que la película tenga ese halo de ternura e infancia, que la hace tan encantadora. 
También Pedro Almodóvar tenía que estar en este repaso por el cine español musicalmente hablando, breve repaso si se me permite la cuña, el gran Pedro Almodóvar es un exigente revelador de músicas que para mí antes eran desconocidas y ahora no lo son, su músico en casi todos sus filmes es Alberto Iglesias, pero también usa las versiones de músicos que no se dedican al cine, por ejemplo, en la película Todo sobre mi madre por la que fue oscarizado en Hollywood, ustedes lo recordarán, hay un músico llamado Ismaël Lo con un tema primoroso llamado Tajabone, Ismaël es un músico senegalés y la letra de la canción quizá tenga poco que ver con lo que se ve en la película, pero es perfecta para mostrar fugazmente la Barcelona y su marginalidad, que no quita de que ésta sea una ciudad ilustre y con poder, como bien diría Peret en su rumba para las olimpiadas del 1992. También hay otro tema en otra película de Almodóvar, llamada Hable con ella en una versión de la mano del cantante Caetano Veloso, el tema es Cucurrucucú Paloma, este tema también aparece en una película gay llamada Happy Together realizada por el director de Hong Kong Wong Kar-wai, la película tiene dos escenarios, que son Hong Kong y Buenos Aires, en la película la banda sonora por parte de Caetano se usa la misma versión, también interpretada por Caetano Veloso pero en la de Almodóvar Caetano la canta para la cámara. Aunque ahora hagamos un breve repaso (repito), voy a reseñar un par de películas extranjeras pero antes quiero hacerlo con el gran Goya en Burdeos, un film también de Carlos Saura como director y con música de Roque Baños, destacaría el tema La pradera de San Isidro un tema que se remonta a la España de Fernando VII y los tiempos De Francisco De Goya, Siglo XVIII, tiempos convulsos para la historia de España. 

Ahora hablaré de una banda sonora de una película extranjera, francesa para ser exactos, la película se llama Ascenseur pour l’échafaud aunque su banda sonora sea íntegra de Miles Davis, destacaría su tema genérico, una verdadera joya del jazz. Miles Davis también ha sido llevado al cine muchos años después de su muerte, en la película Miles Ahead que también es un documental, donde el propio Davis nos habla de su obra musical. Es oportuno decir ahora que sobre bandas sonoras he puesto mucha atención en ellas, tanto españolas como extranjeras. También en el programa de TVE Días de Cine, me gusta poner atención al clima de la película que siempre es su música de fondo, mejor decir ambiente que clima, vean cine y escuchen mucha música. 

jueves, 19 de septiembre de 2019

Avui parlarem de l'Albert Pla (Cecilio Olivero Muñoz)


El Albert Pla es un músico y un intérprete atípico, sí, así lo considero. Además de su gracia natural es un tipo que me cae bien, ya cante o interprete en castellano o en catalá. De todos sus discos los que más me gustan son versiones de poetas o cantautores. Aunque tiene discos con letras de su propia creación que son joyas. Ahora ha hecho una especie de vídeo musical con campaña creativa, todo hay que decirlo, donde nos hace la pregunta de ¿a qué tenemos miedo? Ó si tenemos miedo. Muchos de nosotros lo hemos sufrido alguna vez, pero él hace un vídeo preguntando a una serie de gente sobre el miedo. Hay que decir que Miedo es el título de su último disco, a mí no me ha gustado, ya que tiene discos mejores, el disco ha contado con la participación de Raül Refree, productor también de Silvia Pérez Cruz. Para discos buenos Ho sento molt sin lugar a dudas. Tiene canciones como Vida d’ un gat, o Nana de l’ Antonio inigualables. El disco es íntegramente en catalá. 

También tiene un disco que versiona al poeta y artista Pep Sales que es una maravilla, es un disco de larga duración con versión en catalá y después en castellano, la versión en catalá es inmejorable. El disco se titula Cançons d’amor i droga, es irreverente, también reivindicativo, postmoderno, marginal también, aunque lo marginal no va reñido con la elegancia. Es elegante, innovador y toda una obra de arte. También tiene un disco de versiones del poeta José María Fonollosa muy bueno, con su magnífica interpretación del Sufre como yo llevada al cine en Carne Trémula por el gran director de cine Pedro Almodóvar. La canción antes mencionada resulta emotiva, un rezo negro, una evocación repleta de malditismo. El disco se llama Supone Fonollosa, el disco empieza con un poema en voz del autor que lo recomiendo. Fonollosa escribía versos blancos (no rimados) en endecasílabos. Y de esta manera encajan muy bien en las canciones debido a la métrica; tiene un tema este disco creado por el cantautor estadounidense Lou Reed llamado Por el lado más bestia de la vida  (Walk on the wild side) que en voz del Albert es sensual y cercano (letra de: JM. Fonollosa). También me gustaría reseñar otro disco con canciones en catalá que es Anem al llit (vamos a la cama) que resulta todo un homenaje a la infancia, con canciones como Somiatruites y otras canciones que denotan una dulzura como una (creo que la única) que contiene el disco en castellano y es Primer amor y resulta excelente y conmovedora. Sobre la faceta de escritor de Albert Pla no diré palabra alguna, no he leído la novela polémica pero está en su derecho de ser independentista o lo que quiera ser. Cada persona es libre votando y en cualquier cosa que no haga daño al prójimo. Lo que sí no quiero dejar en el tintero es un disco titulado No sólo de rumba vive el hombre, es un disco de rumbas (como bien dice el título) con canciones como Joaquin el necio, una canción en contra del racismo, también tiene otra Salsa pal’ nene, toda una apología de las necesidades fisiológicas que cada uno tenga, escuchen a Alber Pla, es un músico de un talento sobrenatural y exquisito. 

lunes, 26 de agosto de 2019

KOBRA: un pintor brasilero para el mundo (Cecilio Olivero Muñoz)


Hoy voy a hablar de KOBRA, un artista brasileño, un artista callejero fuera de lo común, al contrario que BANKSY, KOBRA si muestra su rostro, se llama Eduardo Kobra de São Paulo (Brasil), es un artista de gran talento, ha pintado en todas partes del mundo, y retratado personajes de todo el mundo. Ha pintado desde a Albert Einstein a Ana Frank, desde Martin Luther King a Diego Ribera/ Frida Kahlo, normalmente pinta murales en edificios, o sea, que es un pintor muralista, pero también ha pintado en autobuses, edificios emblemáticos y lugares extraños, reivindica un arte de vanguardia como un filtro de personajes que definen hechos y buenas virtudes. En este post publico una pequeña parte de su obra pictórica pero es inmensa. Su perfil en Instagram así lo demuestra. Ha pintado el mural más grande del mundo. Su arte es colorido, atrayente, atractivo, innovador y es un deleite para la vista. Busquen en la red a Kobra (artista Callejero), vale la pena. En estas últimas desgracias que ocurren en el mundo como lo es el incendio de la Amazonía ha pintado un mural reivindicativo. Se trata de un idealista del arte urbano, un gran pintor de talento. 




martes, 13 de agosto de 2019

Taxi Driver: un poema postmoderno (Cecilio Olivero Muñoz)


No es nada nuevo que para admiradores, cinéfilos, e intelectuales Taxi Driver sea un verdadero poema postmoderno. Su guionista, Paul Schrader, cuando la escribió estaba pasando por problemas de tipo económico y todo lo que eso conlleva, o sea, que el tipo estaba tocando fondo, situación muy habitual en estos tiempos, aunque el guión fue escrito anteriormente al año 1976 (que fue cuando se estrenó), al principio se lo mostró a Brian de Palma y le encantó, Brian de Palma se lo mostró a Martin Scorsese y éste quedó fascinado, y enseguida supo a quien ofrecerle el papel de Travis Bickle (protagonista) y se lo ofreció a Robert de Niro, hay que decir que el guionista Paul Schrader también participó en el guión de Toro Salvaje, estamos hablando de dos filmes de culto, y en los dos participaron al menos tres personajes, el guionista, el actor principal y el director, en Taxi Driver Martin Scorsese hace un papel secundario, como marido engañado por su mujer con otro hombre, la película en sí es nocturna, es una excelente visión de un Nueva York hoy tan distinto. Os recomiendo que la veáis, también Toro Salvaje, pero es en Taxi Driver donde podéis disfrutar de un clásico sin lugar a dudas. Robert de Niro está pletórico, no contaré en qué se basa la película aunque por el título ya pueden imaginarlo, no quiero destriparla, la película fue premiada con la Palma de oro en el Festival de Cannes, debo decir que el guionista Paul Schrader también tiene un hermano Guionista y director, se llama Leonard Schrader, y ha filmado títulos como Mishima y Blue collar, donde los dos hermanos han trabajado juntos. Está casado desde 1983 con la actriz Mary Berth Hurt, con la que tiene dos hijos. Pero la cuestión en sí es ¿porqué podemos llamar a la película como un poema postmoderno? La verdad es que, ambientada como está en el Nueva York de los años setenta, ¿es un poema épico postmoderno? ¿Es una panorámica poética de la sociedad moderna? Cabe recordar que sí, pues ya en los sesenta Jim Morrison del grupo californiano The Doors, escribió un poema titulado The Passenger, que el cantante Iggy Pop hizo famoso en una fantástica canción de rock, donde nos representa al hecho de ser pasajero de un coche o conducir un coche como un acto de la vida moderna, y éste poema fue escrito en los años sesenta aunque en la sociedad estadounidense ya en los cincuenta se podía considerar que el hecho de conducir tu propio automóvil (cuando más un taxi) se podía denominar como parte de la postmodernidad. En Taxi Driver también participa en el papel de prostituta Jodie Foster, y también como macarra al gran actor Harvey Keitel, también participa la atractiva (por aquel entonces) actriz Cybill Shepherd. Véanla, no se arrepentirán. 

lunes, 12 de agosto de 2019

Asalto al Banco Central (Juan A. Herdi)


Veo la reposición del documental Asalto al Banco Central (Atraco imperfecto) en la segunda cadena de la TVE este domingo 11 de agosto y reconozco que me ha producido una sensación extraña, agridulce, un tanto reflexiva sobre el tiempo transcurrido, sobre la España que fue y la España que es hoy, sobre lo que es una sociedad y también, poniéndonos un poco trascendentes, sobre cómo la Historia, o tal vez el tiempo, a la larga es lo mismo, nos cincela a cada uno de nosotros mediante nuestras propias historias particulares, siempre en contacto con lo que nos rodea. 
Recuerdo haber seguido aquel atraco con rehenes por televisión, pegado a la pantalla, con la vaga sensación de que había un magma amenazante en aquello que veía. Ocurrió tres meses después de otro hecho grave, el intento de golpe de Estado llevado a cabo por el Teniente Coronel Antonio Tejero en el mismísimo Congreso, en un año que, aun siendo yo bastante joven, apenas un crío, comenzaba a interesarme por la realidad política y social que me rodeaba, sobre todo en aquel 1981 repleto de acontecimientos graves, como lo fueron los muchos atentados que hubo durante aquellos meses, el incidente de la Caja de Juntas de Guernica, la dimisión de Suárez, la entrada antes referida de aquellos Guardias Civiles en el Parlamento y, por último, ese atraco en Barcelona. España aún no se había adherido a la Comunidad Económica Europea, las instituciones parecían tambalearse peligrosamente, la movida madrileña comenzaba a gestarse, la crisis golpeaba a los trabajadores que aún empleaban un vocabulario político de clase, aunque ya se vaticinaban algunas rendiciones, y en la calle se hablaba bastante de inseguridad y delincuencia, eran los años, no se olvide, del cine quinqui y de las bandas callejeras. 
A este último ámbito pertenecía José Juan Martínez Gómez, el Rubio, un atracador de poca monta, algo macarra y bastante rebelde –tan rebelde que hay quien le atribuyó en algún momento posiciones anarquistas– que malvivía entre atracos a comercios y bares, o a alguna sucursal bancaria de barrio –incluso en 2016 se le vinculó a un atraco en el barrio donostiarra de Egia– y que se convirtió en el líder de una banda que entró aquel sábado 23 de marzo en la sede del Banco Central ubicado nada menos que en la esquina de las Ramblas con la Plaza Cataluña. 
Lo que parecía, más que un atraco al uso, todo un golpe a una sede bancaria importante, acabó siendo un secuestro de los empleados y clientes que en mala hora se hallaban en su interior, con petición de libertad para Tejero y tres de sus adláteres, con el país de nuevo con el corazón en un puño, la Policía Nacional y la Guardia Civil, el Gobierno y los servicios de inteligencia en estado de alarma, gabinete de crisis incluido e instalado a escasos metros, en la sede del Banco de Bilbao, también en la Plaza de Cataluña.
El documental lo realiza Neus Sala en 2010. España había cambiado mucho en aquellos veintinueve años, nada era lo mismo, ni siquiera aquel edificio de la Plaza de Cataluña con la Rambla de Canaletas era ese año un banco, sino que había, y los hay hoy, unos grandes almacenes donde compran o pasan delante de él miles de personas, ya sean turistas o habitantes de la ciudad, ajenos a lo ocurrido entonces, apenas lo recuerdan ya quienes son de mediana edad, los más jóvenes ni sabrán lo que ocurrió. Se mantiene el kiosco de prensa, frente a las escaleras del metro, tras el cual se refugiaron muchos de los rehenes, y es posible que alguno de los atracadores disimulados entre ellos, aunque sólo uno de ellos logró escapar, durante aquella desbandada al día siguiente que quedará grabada en la memoria, la del aquel domingo, ya tarde, cuando se iniciaba la anochecida, unas escenas imposible de olvidar, decenas de personas saliendo a la carrera, tirándose al suelo a instancias de la policía, arrastrándose para ponerse a salvo si se abría un tiroteo.. 
Vemos en la estética de aquel periodo, estética más setentera que ochentera, con colores pálidos y estilo añejo, un mundo que ya nos resulta muy antiguo, irreconocible incluso, aun cuando recuerde hoy a la perfección aquel fin de semana, tal vez porque nosotros mismos nos sintamos a la vez los mismos pero distintos, aunque sólo sea por las muchas más posibilidades de futuro que teníamos entonces.
El asalto se saldó con un muerto, un herido, aparte de los ataques de ansiedad, y el descubrimiento expandido a diestro y siniestro de que aquella banda nada tenía que ver con tramas golpistas, ni siquiera políticas, aquello era una mera «banda de chorizos, macarras y anarquistas», en palabras del general Aramburu, aunque siempre quedó la duda, se vean todavía algunas intrigas en todo aquello y persista una aureola de misterio que surge de tanto en tanto, incluso en boca del propio Rubio.
Pero en estos nueve años desde la realización del documental ha habido también cambios. Aparecen en el documental Jordi Pujol y Narcís Serra, que aquel año del asalto eran, respectivamente, presidente de la Generalitat de Catalunya y alcalde de Barcelona, los dos laureados en su momento, considerados políticos de primera, con gran visión política y de gestión, pero ambos caídos en desgracia, el primero con una larga instrucción judicial por haber saqueado Cataluña en familia, instrucción que está acabando ahora y que dará lugar sin dudas a un juicio al clan, y el segundo acusado del cobro de sobresueldos durante su gestión de CaixaCatalunya, de lo que fue absuelto, aunque participara en ese proceso de privatización de las cajas de ahorro, que en el caso de la caja catalana llevó a su desaparición al ser absorbida por el BBVA. Nada es lo mismo, desde luego, las cosas han cambiado, es evidente, y muchos de los gigantes de entonces, nos damos cuenta ahora, tenían los pies de barro. Todo un aviso a navegantes, un recordatorio de que todo dirigente, por muy alto que se halle, no deja de ser humano, demasiado humano, de que todos somos, al fin, mortales y susceptibles de derrota.



jueves, 1 de agosto de 2019

Luis Pastor (Juan A. Herdi)


Al igual que aquellos periodistas despistados que se preguntan con aire extraño qué ha sido de los cantautores, yo me lo he vuelto a preguntar también hace apenas unos días y motivado por una lectura reciente, la de la novela Los Baldrich, de Use Lahoz, dos de cuyos personajes escuchan hasta la obsesión, incluso cuando su tiempo parecía haber pasado, a ese grupo de cantantes de la Nova Cançó catalana, que recuperó el uso de una lengua y una tradición, y la vinculó a temas de aquellos años, los sesenta y setenta tan convulsos, los ochenta y noventa más intimistas. 
También aparecieron cantautores en otros lugares de la Península, en el País Vasco, a su vez recuperando una lengua bastante reducida hasta aquellos años, limitado su uso casi a lo local, en Castilla, ligando su música a tradiciones históricas, en Andalucía y Extremadura, y no digamos en Portugal, cuya Revolución ha quedado enmarcada para siempre por una canción mítica ya, todo un himno, el Grândola Vila Morena de Zé Afonso.
¿Qué fue por tanto de todos esos cantautores a los que perdí de vista (o de oída) en un momento dado, cuando dejé de seguirles por circunstancias varias que sería largo de contar?
Y ha sido casualidad que me planteara tal pregunta justo cuando la realidad testaruda y caprichosa me ha devuelto nada menos que a Luis Pastor a primeras páginas de los informativos. Resulta que el recién nombrado equipo del Ayuntamiento de Madrid ha cancelado un concierto que estaba cerrado para el 8 de septiembre en las fiestas de Aravaca y que iba a dar con su hijo Pedro. La decisión la ha tomado el distrito y ha alegado para ello que lo que se pretende es que el concierto de ese día sea más generalista, por ello habían buscado otro grupo.
Ni qué decir tiene que la decisión ha creado no poca polémica, se habla directamente de prohibición y hay quien insinúa incluso que estos tiempos que parecen haber cambiado tanto respecto a aquel momento de censura y represión –la noche más larga, de la que hablaba Aute, en referencia a los últimos fusilamientos del franquismo– en realidad han cambiado poco. Claro que no es así, al menos lo espero, digamos a lo sumo que acechan algunos peligros, pero  el que haya levantado la polémica permite tener una mínima confianza, al tiempo que la responsable de cultura, Andrea Levy, ya ha mostrado su disconformidad con la decisión.
Sea lo que fuere, me he dado de bruces con Luis Pastor, un cantautor que me fascinó cuando lo descubrí, a mediados de los ochenta, con su voz consistente y sus letras a la vez líricas, épicas y un tanto pastoriles, si se tercia. Le escuché por primera vez en Radio3 como descubrimiento y lo vi físicamente en TVE, cuando grabó aquellas coplillas que a mí me remitían a las letras populares de otras épocas que ya por entonces tanto me interesaban.
Cuando yo lo descubrí, en los ochenta, Luis Pastor llevaba ya mucho tiempo cantando. En los sesenta había dejado su Cáceres natal y vivía en Vallecas, en la colonia Sandi. Descubre a Paco Ibáñez y con él se acerca a nuevas formas de cantar, pero también a la poesía. Versiona a principios de los setenta El niño yuntero de Miguel Hernández y la poesía estará muy presente en sus discos, desde los primeros, Fidelidad o Nacimos para ser libres, hasta En esta esquina del tiempo / Nesta esquina do tempo, en el que canta a José Saramago tanto en castellano como en portugués (no es baladí la importancia de la raya en Extremadura, región por cierto también de tradición revolucionaria, con Llerena, al sur de Badajoz, con una experiencia por lo menos importante).
Supongo que nos dejamos llevar por el debate, a todas luces inocuo, de lo nuevo y lo viejo, el arte de antaño y el arte de hogaño, y más en estos tiempos del espectáculo donde todo ha de seguir girando sin remedio. Pero no, no es cierto que las expresiones del arte, sean las que fueren, pasen (más allá de las cuestiones físicas particulares e inevitables), sino que están allí, presentes, permanentes. ¿Qué fue de los cantautores? Pues que algunos lo dejaron, cambiaron de oficio, de actividad, pero otros siguieron y allí están, entre el ruido actual ocupando su lugar y buscando nuevos vericuetos. No hay nada mejor que recordar a Bernardo de Chartres y asumir que somos enanos a hombros de gigantes, y entre esos gigantes no son pocos los cantautores. Concurren por tanto en un mismo tiempo varios estilos y formas, muchas veces en paralelo, nada más paleto que dejarse llevar por las modas.
Sea lo que fuere, la metedura de pata o el peligro acechante me ha devuelto a uno de mis cantantes predilectos que, es cierto, llevaba tiempo sin oír y espero que me sirva no sólo para recuperarlo, sino también para que a su vez Luís Pastor pueda ser descubierto por los ingenuos y los valientes de nuestro tiempo. 



lunes, 29 de julio de 2019

ÁFRICA WEB (Cecilio Olivero Muñoz)


Cientos de veces a lo largo del año miro las visitas que ha tenido esta web/blog en particular y nunca, o casi nunca encuentro un país africano como visitante de la web/blog. Ni siquiera de Guinea Ecuatorial, ya que hablan español. A veces del norte de África pero muy pocas. No es penoso, es de vergüenza. En África precisamente es donde va a parar la tecnología obsoleta que ya dejó de funcionar en países europeos. África hoy por hoy es no sólo el vertedero del mundo industrializado, sino que también es una enorme mina exterior e interior y un gigantesco campo de cultivo. Existen dos países que tienen a África como un campo de cultivo, son China e India. Éstos países ahora son potencias mundiales en el tema económico, pero no sólo eso, nosotros los europeos y Estados Unidos estamos agujereando el continente a la búsqueda insaciable de materias primas, también piedras preciosas y más y más riqueza sale de sus fronteras cerradas al tráfico humano, aunque no a la riqueza que tiene el continente. Estamos explotando el continente, expoliando su riqueza y luego no les damos asilo político ni económico tan solo para que no haya un “efecto llamada”. Aunque no sólo en ese aspecto la marginación es evidente, sino en el aspecto de Internet y las nuevas tecnologías. Y luego nos reímos si los vemos atrasados cívicamente en los países ricos, pero no entendemos la base y el porqué de sus situaciones de desmantelamiento de la tierra donde preferirían quedarse. No solamente Sudáfrica debe ser la niña mimada de el gran continente negro. Está bien que nos preocupemos por el cambio climático, pero en el mismo orden de esperanzas está la lucha contra la pobreza mundial y no hemos avanzado nada, tanto ni un aspecto como también en el otro, y el reloj va a la contra; yo sé que por muchas cosas que diga aquí ahora no voy a solucionar nada, ni tampoco con la web/blog, ni con la revista literaria digital, pero tengo conciencia de cambio, es decir, tenemos conciencia positiva en todo el aspecto de África y su necesario amparo por parte de los países ricos y prósperos, con vidas plenas; miramos problemas como el SIDA o el Ébola como algo lejano, como si no fuese cosa nuestra, y creo, que si les exigimos conciencia cívica, nos la apliquemos todos de una manera global, y no omitamos el problema para después quejarnos sobre el tema de la inmigración. Debemos tener conciencia cívica mundial. Es nuestra manera de pensar y lo creemos con convicción, de ahí nuestro pequeño grano de arena en un desierto de silencios y vacíos de espacios. Resulta que la World Wide Web no es ese sueño en el que despertarse, es una pesadilla que no parece tener fin. 

sábado, 6 de julio de 2019

las canciones de ida y vuelta (Cecilio Olivero Muñoz)


Hay dos figuras que me interesan y las dos tienen algo en común, sobre todo porque las dos cantan, componen e interpretan tras un piano. Una es cubana y la otra de Sevilla. El uno es Bola de Nieve y el otro Manuel Pareja Obregón. Bola de Nieve es un cantante que compone temas e interpreta cantares de ida y vuelta, muy conocedor del decimonónico cancionero español. Bola de Nieve es su nombre artístico, en realidad se llama Ignacio Jacinto Villa Fernández. Tiene temas como Mama Perfecta llevado por el grupo hispano francés Mano Negra a la fama en los años noventa. Hay que resaltar de que Bola de Nieve murió en 1971 en Ciudad de México, y ese tema en particular es muy conocido entre la afrocubana gente, aún hoy. Bola de Nieve tiene canciones también como Pobrecitos mis recuerdos llevado al cine por Jonás Trueba en el film Todas las canciones hablan de mí, película interesante y realizada por un director joven con cierto gusto musical. Cabe decir que su padre es Fernando Trueba, también director de cine oscarizado y gran conocedor del repertorio de “Ida y Vuelta”, ya que también ha sido productor del disco Lágrimas Negras perpetrado por Diego el Cigala y el pianista cubano Bebo Valdés. De Manuel Pareja Obregón diré que es un compositor de canciones típicas sevillanas, ósea, sevillanas. Tiene letras que son pura poesía, llevado también al cine por Carlos Saura y su film Sevillanas convertido en un documento testimonial gráfico, ya que es la última aparición en público de tres figuras flamencas: Camarón de la Isla, Paco Toronjo y el mismo Manuel Pareja Obregón; como crítica diré que a veces resulta un tanto monárquico, pero a un artista poco deben afectarle ideales y compromisos socio-políticos si éste ha hecho de su arte algo inofensivo pero con calidad, ésta vez musical y compositora. También quiero hacer hincapié en otra figura, ésta femenina, y es Nina Simone. También tiene cierto denominador común con los dos personajes descritos y también autora de canciones también de “Ida y Vuelta” pero ya en un plano anglosajón lejos de la sintonía que tienen España con Latino América. Va por ellos, por su labor pianística y compositora y el gran talento de todos los mencionados en este escrito. Escuchen música, es un deleite placentero. 

viernes, 28 de junio de 2019

Reseña literaria (por Juan A. Herdi)



Álex Oviedo
Ausentes del cielo
El Desvelo Ediciones, 2019

Decía Carlos Marx que había aprendido mucho más sobre la sociedad europea de su época en las novelas de Émile Zola que en los sesudos estudios económicos y sociológicos de su época. Sin duda se puede aplicar a cualquier momento y a cualquier grupo humano del mundo: para comprender los mecanismos sociales reales, los que afectan a la cotidianidad, hay que buscar en la literatura, en la ficción, más que en los ensayos y en los estudios académicos. Es lo que Unamuno denominaba la intrahistoria, ese decorado de la Historia (con mayúscula) que a menudo es lo esencial y tal vez lo que haya que saber de verdad para entender, al final, la realidad.
Puede que eso sea así porque la literatura busca más los cómo que los porqués y muchas veces la narrativa consigue aprehender la atmósfera, el ambiente, la cotidianidad mucho mejor que aquellos ensayos y estudios académicos tan sesudos ellos, pero que no transmiten los sentimientos cotidianos. Y lo que ocurre en la novela Ausentes del cielo, del escritor bilbaíno Álex Oviedo, es justo eso, que el lector vive la sensación de ahogo y siente la falta de sentido de una situación difícil de explicarse, la que vivió el País Vasco durante mucho tiempo, los años de enfrentamiento bronco y hostil en el que explicarse lo que ocurría, responderse a los por qué, dejó de tener sentido y la gente empezó a apañarse bajo la tensión diaria, como espectadores un tanto ajenos al conflicto. De allí que en la novela sean tan importantes los espectadores.
Todo ello nos lo lanza de pronto Álex Oviedo al convertir esa atmósfera enrarecida, asfixiante y absoluta en el personaje principal, muy por encima de los personajes que se mueven en la trama, una atmósfera que envuelve a cada uno de los personajes y los determina, convirtiéndolos en marionetas del ambiente. A veces sin necesidad de tomar conciencia de lo que cada cual hace. 
Los hechos van sucediéndose a golpe de ahogo, bajo una falta de sentido que, sin embargo, no les quita envergadura ni tensión. Por lo demás, no hay intriga, no se trata de una novela policiaca al uso con un crimen de tintes políticos que se va investigando, nada de eso, es a todas luces una novela de atmósfera, de ambiente, en última instancia una novela de identidad colectiva e individual, cuyos límites se confunden, los personajes plantean sus conflictos propios, personales, ligadas a lo colectivo, tal vez porque al final no haya frontera entre ambos ámbitos o la frontera sea tan tenue que no sabe nunca dónde se encuentra. 
De este modo, Álex Oviedo va abriendo pequeñas brechas por las que ir descubriendo ángulos de lo que fueron esos años, creando una hipótesis a partir de la cual podemos ver cómo transcurrieron los mismos. No hay valoraciones, sí en cambio juicios de valor, posiciones que determinan y acaso limitan las miradas y que no requieren de ningún por qué, de motivos, para entenderse, ni pudor para entender lo que pasa.  Es al lector a quien en realidad se dirige en un momento dado la pregunta clave, «¿Acaso usted sabe siempre por qué?» y al final uno acepta que esa atmósfera penetre en la vida cotidiana como una neblina que filtra la luz. 
Aparecen hoy novelas que tratan el tema de ese conflicto, el vasco, del que no han pasado tantos años, aun cuando parezca que hablamos de una etapa muy lejana de nuestra historia. Hoy las calles del País Vasco guardan poco parecido a las descritas en la novela de Álex Oviedo, lo cual refleja una capacidad inmensa de pasar página, a pesar de ciertos discursos políticos actuales, sin que sepamos a ciencia cierta si es bueno o malo que eso sea así. En todo caso, es de agradecer que el escritor nos mantenga en vilo al devolvernos el reflejo de un estado de ánimo difícil de asumir, una novela sin duda necesaria.


jueves, 2 de mayo de 2019

Sobre "el pianista" de Manuel Vázquez Montalbán y la mirada de la literatura (por Juan A. Herdi)


En 1985 el escritor barcelonés Manuel Vázquez Montalbán aparcaba por un tiempo a Pepe Carvalho y publicaba «El Pianista», una novela que relata la vida de Alberto Rosell, un músico que se nos aparece al principio como de segunda fila, que toca el piano en un tugurio de las Ramblas en plena década de los ochenta, pero que a medida que avanza la historia, narrada hacia atrás en el tiempo, se nos descubre de otro modo, como un personaje de no poca grandeza moral, víctima a todas luces de unos tiempos turbios, caóticos y sin duda decepcionantes en muchos aspectos. 
Releer esta novela ahora resulta a todas luces un soplo de aire fresco, literario por supuesto y también político, cuando estamos en un momento en la política institucional sin mucha grandeza, más bien mediocre y anodino, todo hay que decirlo, y cuando llevamos varios lustros con un debate intenso sobre la memoria colectiva de los años de dictadura y transición (no me acaba de convencer lo de «memoria histórica», toda memoria colectiva es por fuerza histórica).
El relato está dividido en tres partes: la primera parte transcurre en los primeros ochenta, cuando el gobierno socialista, el primero tras el fin de la dictadura, comienza a “normalizar” el país y un grupo de amigos, antiguos militantes comunistas en la universidad que se van adaptando de manera diferente a la época, observan de formas muy distintas y contrapuestas esos nuevos tiempos mientras descubren a un Alberto Rosell anciano, pianista marginal, de tugurio, tan opuesto al presente y exitoso Luis Doria; la segunda transcurre en los complicados años de la posguerra inmediata, años de pobreza, de miseria y frustración, y que es la parte en la que Vázquez Montalbán proyecta más ternura hacia el protagonista y el resto de los personajes que le rodean; la tercera, por su parte, transcurre durante los días previos e inmediatos al 18 de julio del 36, cuando no está nada clara la situación y Alberto Rosell y sus compañeros artistas en ciernes, entre ellos Luis Doria, han de optar entre sus vidas particulares o su compromiso colectivo.
El autor barcelonés había comenzado a darle vueltas a la novela bastante tiempo antes, a inicios de los setenta, pero no fue hasta los ochenta que la escribió, en una etapa vital además muy intensa para él por su compromiso político, había entrado a formar parte del comité central del PSUC, en un momento de profunda crisis en esta organización, puesto al que renunció poco después, cuando esa crisis se extendió al conjunto del Partido Comunista de España y que le llevó casi a su desaparición institucional. Sin duda trasladó a su novela muchas de sus inquietudes políticas y éticas, también las de la propia época, en la que se normalizó el mercadeo institucional, lo ideológico pasaba a un segundo plano –se popularizó lo del «gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones»– y la ética quedaba reducida prácticamente a una asignatura de la carrera de filosofía. De ahí que la novela sea sobre todo un texto sobre perdedores y ganadores, sobre decisiones trascendentes que se han de tomar en momentos decisivos, sobre actitudes personales ante los acontecimientos y renuncias personales que tienen mucho de sacrificio personal. Algo que hoy debe de sonar extraño. 
Con un estilo además apabullante y ágil, es inevitable que su lectura nos confronte a un sinfín de cuestiones, que nos interpele en estos tiempos de “repolitización” tan extraños, poco entregados tal vez. Claro que uno no desea por ello que estalle una guerra para poder “sacar lo mejor de cada uno”, porque esto no es así, no lo fue en el 36, cuando la guerra civil española tuvo bastante de miseria moral, de venganzas siniestras, y tampoco fue en general una época heroica, con Alemania entrando en la vorágine del nazismo, la persecución racial, los campos de concentración, con los procesos de Moscú en pleno auge, lo que incentivó la delación y la persecución de toda disidencia. Aunque eso no quita a que hubiera actos y actitudes heroicas, entregas personales que no siempre, como la de Alberto Rosell, tuvieron sus recompensas. Sin duda, queda mucho por conocer, estudiar y escribir sobre toda esta época. 
En este sentido, tampoco es baladí tener en cuenta que Manuel Vázquez Montalbán, militante del PSUC, escribe, y escribe además con no poca ternura, con cariño incluso, sobre un Alberto Rosell militante del POUM, y esto tiene mucho que ver con la cuestión de la memoria colectiva, el rescate de los hechos del pasado, incluso cuando esos hechos pueden enturbiar la tradición propia, la militancia en la que uno se compromete. El enfrentamiento entre el PSUC y el POUM tuvo consecuencias trágicas, lo cita Alberto Rosell en la segunda parte, cuando de un modo sinuoso cuenta su paso por la cárcel Modelo tras los hechos de mayo del 37. Esta organización quedó prohibida por la República y sus dirigentes sufrieron tal situación, algunos desaparecieron, otros fueron encerrados en cárceles o los mataron, entre ellos a su figura más destacada, Andreu Nin. Pero además se les acusó de ser quintacolumnistas y de estar al servicio del fascismo y del nazismo. 
Luego vino el olvido, olvido por parte de la historiografía franquista –el POUM era un partido marxista, al fin y al cabo– y por la historiografía republicana, bien porque el PCE y el PSUC mantuvieron durante decenios sus acusaciones, bien porque Mayo del 37 fue un capítulo vergonzante. «El Pianista» lo sacó a la luz, de un modo indirecto, tangencial, pero desde luego no casual ni anecdótico. En 1989 el PSUC declaró su responsabilidad en la represión del 37, la falsedad de sus acusaciones y su voluntad de esclarecimiento de las consecuencias trágicas de aquellos hechos. Quiero creer que esta novela tuvo algo que ver en tal declaración. De este modo demostraríamos que la literatura tiene su papel también en la percepción de la realidad y en las miradas hacia el pasado, no siempre justas ni heroicas, que la literatura sirve también para comprendernos como sociedad e incluso para la adopción de unos gestos que limen en parte viejas asperezas y rencores.     


viernes, 1 de marzo de 2019

la taberna fantástica (Cecilio Olivero Muñoz)


Poco se habla, o tal vez poco se conoce, la gran obra de teatro La taberna fantástica de Alfonso Sastre escrita en 1966 y estrenada en 1985. Quizá sea porque el autor anduviera en sus últimos años entre “malas compañías”. Pues en sus últimos años anduvo con la izquierda abertxale, si consideran los tuercebotas que éstos son los malos; ni malos ni buenos, los ideales van en otra dirección, o a otro ritmo a la obra de un escritor o poeta, sea cual sea su raigambre o su raza. La taberna fantástica es un espejo fiel de la España analfabeta y también de su lumpemproletariado más enquistado en el norte de España, en las dos Castillas y en la Capital. Hablo en especial de la etnia de los mercheros, de los mal llamados kinkis, de aquellos que se dedicaban a hacer la quincalla, a hacer utensilios de menaje con latas y materiales fáciles en ese manejo del oficio marginal y hoy en día en desuso. Cuando hablo de mercheros también hablo de estigma social, de marginación, de jerigonza distinta, chapurrean entre el romaní y la jerga del lumpen, viven en clanes como los gitanos, y muchos son carne de presidio, y en algunos casos de reformatorio. Rafael Álvarez “El brujo” nos deleita (otra vez) con un monólogo que empieza con Mi vida es una novela y sigue en su papel de Rogelio “el hojalatero” y después sigue como colofón del monólogo el interpretado por Vicente Cuesta en el papel de “Carburo”, aunque también he visto la obra en el papel de “Carburo” a Juan Luis Galiardo; la génesis y la estructura de los dos monólogos, el de Rogelio primero y a la zaga el de Carburo, gozan de una expresión dramática que no nos deja indiferentes, refleja muy bien la vida de aquellos años de abusos y tropelías variadas contra la población más débil debido a la vida nómada y por parte de las autoridades de la época, fascistas y severas. La taberna fantástica es una brillante obra de teatro, que abre espacios para conocer tal idiosincrasia española, no es un mundo para hacer turismo ni para tomarlo con frívola distancia, pero sí relevante socialmente hablando. Hoy día los mercheros han dejado sus carros y su quincalla, algunos son afiladores, o los ves por los mercados vendiendo sillas o aparejos de cocina. Muchos son analfabetos, pero son astutos en los temas de la vida, y usan una picaresca adormecida por las vidas de confort algodonado y acolchados entreactos de modorra hipócrita como sobremesa que estamos viviendo hoy en día. Busquen en YouTube La taberna fantástica. La sugiero y anticipo luminarias de entendimiento y de conocimiento enriquecedor. Es todo un ejercicio antropológico de cómo han ido cambiando los tiempos, parafraseando a Dylan, y se sentirán con el privilegio de husmear en la vieja Europa más negra y en la huella que rastreamos aquellos que no nos conformamos con las historias de celofán y materiales sintéticos como el poliéster de gran hipermercado y rebajas de oropel, o el moderno nylon de desprecios ocasionales y decadencia que aparta y margina dentro de martingalas provenientes desde los aires de grandeza y ridícula superioridad del todo gratuita. Véanla. 

lunes, 4 de febrero de 2019

HEZUR BELTZAK (Juan A. Herdi)


Los llamaron maketos, belarrimotzak (orejas cortas) o hezurbeltzak (huesos negros) según la zona. Como ocurre hoy con los emigrantes de otros países, la historia parece repetirse una y otra vez, se denominaba así a los inmigrantes pobres que llegaban en los sesenta y setenta a las zonas industriales vascas para encontrar un trabajo en algún taller o en alguna fábrica, o en las minas o en los astilleros, casi con lo puesto, con una mano delante y otra detrás. El problema no era tanto que fuesen de fuera, sino que fueran pobres y estuviesen por debajo de quienes están más abajo del escalafón local. El poder sabe muy bien lo útil que es levantar muros que dividan a la población mayoritaria, así deja de ser mayoritaria y el enemigo pasa a ser el igual o el que está por debajo, no el que detenta el poder, nada nuevo bajo el sol. 
Procedían de Extremadura o de Castilla la mayoría, pero también de Galicia, de Asturias o de Andalucía, o de las provincias limítrofes, de Cantabria –entonces se llamaba Santander a toda la comunidad– o de La Rioja –también se conocía toda la provincia con el nombre de su capital, Logroño-, de pueblos con nombres sonoros y extraños. Hablaban un castellano un tanto diferente al que se hablaban en el país, y desde luego ellos no sabían vasco, un idioma del que apenas lograban aprender algunas palabras o determinadas expresiones muy usuales, era bastante complicado el idioma y además apenas se relacionaban con la población local, más allá de los puestos de trabajo, aunque con el tiempo todos ellos, los trabajadores vascos y los de fuera, se fueron implicando en reivindicaciones laborales, sociales y políticas, pese a mirarse con frecuencia con no poca desconfianza. 
Claro que con los hijos fueron las cosas algo diferentes. Algunos nacieron en las tierras de sus padres y llegaron muy chicos al País Vasco, pero la mayoría nació en las ciudades en las que sus padres se asentaron y en la escuela se mezclaron todos, aprendieron el vasco de su territorio y con el tiempo se introdujo el vasco estándar –el euskera batua– en la enseñanza, a medida que la Comunidad Autónoma Vasca obtenía competencias para la gestión propia. Ni qué decir tiene que, a pesar de los rumores, los estereotipos, los prejuicios, las desconfianzas, los muros mentales y culturales o los bloques en apariencia invulnerables, el nosotros y el ellos, las cosas avanzan porque todos acaban aportando lo suyo y de la mezcla surge algo diferente, nuevo, sin duda mejor, más creativo y lozano. No cabe duda de que las sociedades con componentes más variados y variopintos son más dinámicas y renovadoras, incluso cuando no están tales sociedades exentas de tensiones tribales. 
De todo esto saben bastante Jon Maia y Gorka Hermoso.
Jon Maia es bertsolari, escritor, guionista y letrista, siempre en vasco. Nació en Urretxu, pero de niño se mudó a Zumaya, también en Guipúzcoa, cuando el chaval tenía seis años y comenzó su escolarización. Sus padres procedían respectivamente de Extremadura y Zamora. Pronto debió de sentir que le atraían esas cosas del contar y de las palabras, pero además en el idioma de su entorno, aunque él mismo reconoce que de pequeño, en aquel entorno vasco, llegó a sentirse extraño, los muros estaban erigidos, aunque no siempre eran palpables. Estudió filología vasca y le dio por el bertsolarismo, ese mundo de improvisadores de versos que han de tener un dominio absoluto de la lengua, una lengua, no se olvide, con variantes dialectales muy fuertes y repleta de vericuetos y complejidades. Nada mal para alguien que en familia hablaba en castellano. 
Gorka Hermosa es acordeonista, sin duda un acordeonista reconocido que ha tocado en varios lugares del mundo, ha ganado el premio «International Composition Contes» que otorga la Confederación Mundial de Acordeonistas y ha trabajado con músicos de España y Portugal. Nació también en Urretxu, a donde llegaron sus padres desde Segovia. La música no requiere de un idioma –la música no cantada, entiéndase–, pero si posee una tradición y en el País Vasco hay una fuerte raigambre musical, de la que se empapó Gorka Hermosa, aunque no se limitó a lo local, estudió y se empapó también de otros estilos y de otras músicas, las tradicionales, sin duda la castellana, pero a su vez otros tonos y otros sones. 
En 2018 Jon Maia y Gorka Hermosa se unieron a Jesús Prieto, Pitti, un guitarrista y músico castellano nacido en Ávila, y grabaron un álbum con el título Hezurbeltzak, que es el nombre de la propia banda que conformaron y con el que, claramente, buscan reconocer y homenajear a toda esa inmigración de la que descienden los dos primeros. Como no podía ser de otra forma, la banda se presentó por primera vez en un concierto, el pasado 13 de octubre, en el barrio de Etxeberri de Zumarraga, barrio que se creó en los sesenta a partir de la llegada de aquella inmigración del sur y donde siguieron viviendo los abuelos del propio Jon Maia.
Ni que decir tiene que su música se aprovecha de una mezcolanza enorme. La música es lo que tiene, puede alardear de lo evidente que resultan las influencias mutuas y el resultado se enriquece con ello como en ninguna otra disciplina artística. A los sones vascos tradicionales, se suman el jazz, el rap, el pop e incluso una ya tradicional fusión vasco-andaluza (imposible no detenerse aquí y recordar a Sonakay, ese grupo flamenco guipuzcoano que canta en vasco). Y no dudan acompañar sus actuaciones con una estética colorida, casi un espectáculo con aquella ornamentación que nos recuerda lo que antaño se llamó café-teatro, en la que no faltan aquellas maletas viejas y acartonadas que simbolizan a toda una generación, la de sus padres, la de nuestros padres. A muchos entre su público les emocionan por cercanas las cosas que les cuentan en sus canciones.
Siempre es bueno recordar que toda sociedad es la suma de numerosas variantes, entre ellas la población que viene de fuera y que se incorpora a la cotidianidad, no sin problemas muchas veces, pero al final de un modo enriquecedor, y no sólo desde la mera contabilidad de los beneficios económicos. Hay quien, por desgracia, no lo ve y propugna discursos identitarios, incluso hace de eso una carrera política amparada en los miedos y los estereotipos. Hablan como mucho de asimilación o integración, el colmo de su pseudoprogresismo es el reconocimiento de la multiculturalidad, pero experiencias como las de hezurbeltzak nos lleva a otro ámbito, el de la mezcla directamente, el de avanzar a otro modelo social y cultural, el de dejar lugares comunes muchas veces supremacistas o  de sumisión acomplejada para ponerse a crear nuevas realidades. En eso estamos.