jueves, 11 de enero de 2024

Relato de Jesús Andrés Pico Rebollo

 

UN HOMBRE CON UN NOMBRE IGUAL AL TUYO

 

Tienen nombre las calles que el recuerdo transita. Nombres de sol y abril y el aroma dulzón de barro y golondrinas, nombres de carámbano y nieve en los aleros, de leche en polvo y cuadernos con una escritura rubia donde dormita un mundo de grafito y de tinta, de vasares vacíos y aquel libro de poemas que ahora acaso comprendemos.

Tienen nombre las calles en la tenue penumbra de rescoldo y de gas, de brasero y candil entre el brillo fantasma del latón y la alpaca, de los pasos sin luna y rezos en latín.

Tienen nombre las calles, de insignes personajes, de lugares dormidos en recónditos mapas, de  magnos sucedidos y cosas cotidianas, nombres que van cambiando como el agua en el río y el tiempo en el espejo.

Son nombres convocados en páginas gloriosas de enciclopedia antigua que abre la memoria con olor a tomillo y pinar encendido.

Tienen nombre las calles, los vientos y los muertos. Tienen nombre y silencio, soledad y penumbra.       

Tienen nombres ocultos en la piedra del rezo y las tumbas de olvido. 

Tiene nombre el recuerdo en la noche callada, en el frío de enero y el mayo enarbolado, en la lluvia que trae rumor de siempreviva —melancolía, un patio de Sevilla, Leonor, Segovia y una tumba en Colliure—.

El camaleón del viento tiene nombres, colores de espesa saliva y un látigo de arena. 

De donde nace el viento nacen también los nombres y aunque la boca calle la brisa los recuerda con aliento de menta y perfume de sal.

Los nombres que decimos ya no serán los mismos cuando otros labios, otra voluntad los fije al viento de la tarde, a la eternidad efímera de una cuartilla en blanco, a la luz mortecina de una farola insomne.

 

 

Sólo hay polvo. Lo sabes. Sólo polvo y olvido. Y el río en estiaje.

Las casas arrumbadas, las calles ya sin pasos, antesala de muerte si no la muerte misma.

Recuerdas ahora acaso los libros que perdiste al mudarte de piel, al ir de un lado a otro reptando tus miserias, aquel quedarte ciego a la luz de una vela leyendo juntoal fuego mientras despeja el hielo los cielos estrellados y canta entre los dientes el agua del arroyo.

Recuerdas los amigos, los miedos y los sueños, el pañuelo, la maya, otro polvo en la piel y el viento que pasaba secándote el sudor del juego y de la tarde.

Recuerdas primaveras, el campo salpicado de estrellas amarillas, blancas, rojas, azules, el aroma del verde y el rumor de los pinos.

Recuerdas ahora el río crecido en el otoño, henchido como un vientre preñado de tormentas, la tierra fecundada y orujo en los lagares.

Recuerdas las canciones, los romances de ciego, el canto de los grillos, la noche boca arriba, el olor de la parva, del pan y del tomillo, la sequedad del hielo, la levedad del vuelo del vencejo en la tarde.

Recuerdas la campana repicando en la fiesta, doblando por los muertos, la colada en el río y escuelas separadas, los primeros trabajos, los primeros cigarros en las tardes de mus y madrugadas de alcohol y besos nunca dados.

Recuerdas porque quieres poner tu vida en limpio y buscas los diarios que nunca terminabas, las cartas que perdiste, los versos que encendieron el fuego del invierno.

Pero sólo encuentras polvo, polvo y yerba en los caminos y en la vía sin trenes.

 

Tienen nombres las calles que el recuerdo transita.                     

Deshace el sol la niebla y el viento acarrea la memoria del polvo.

Niños que no conoces superponen sus juegos a los juegos de entonces. 

Hay otro pueblo ahora creciendo  junto al Duero.

La vida con sus muertos es vida para otros y observa desde el fondo de tus ojos tu rostro un hombre con un nombre igual al tuyo.         

 

Un jurado compuesto por los poetas Ángel García López, Felipe Benítez Reyes, José Jurado Morales, Jaime Siles, Pedro A. González Moreno y Juan José Vélez Otero designaron este  poema como ganador del IX Certamen de Poesía Ángel García López. Rota (Cádiz), 2018

 

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